Sólo se vive una vez

 

Con este cuento japonófilo escrito hace ya unos años gané el premio de prosa castellana de la asociación Ariadna de la URV. Un aviso: en la historia me he tomado bastantes libertades con la historia auténtica del Japón y con ciertos... Llamémosle misticismos... Que no son del todo como aquí los pinto. Pero ey, "licencia poética" y aquí no ha pasado nada. La edición del cuento que presenté traía kanjis al principio de cada capítulo.

 

Sosteniendo con ambas manos el sable envainado, Takeda Shingen se inclinó reverentemente ante el cadáver de su Señor. Tras presentarle sus respetos, se sentó en el suelo, a su lado, con las piernas cruzadas. Estaba en el centro de un campo de batalla sembrado de cuerpos sin vida, que meses antes había sido el núcleo de la ciudad de Kyoto. A poca distancia de allí Shingen vio a su hijo, Heito, incorporándose cubierto de sangre y lodo. Se permitió una sonrisa de alivio al saberle vivo, y gritó simplemente: "Hijo! Ven aquí...". Tras unos momentos de vacilación, Heito se dirigió hacia su padre, muy serio, y se sentó a su lado. "Hemos perdido..."-susurró tristemente. "Sí, hijo mío, y muchos han sido los muertos. Y ya cuéntame entre ellos, porque después de hablarte me reuniré con el Señor al que he fallado tan miserablemente". Heito, demasiado agotado como para hablar o discutir, empezó a llorar en silencio. Y Shingen habló.

 I - Takeda Shingen

      "Hijo mío, antes de morir debo contarte una extraña historia, que tal vez  aclare algunas cosas que nunca te he explicado. Durante muchos años he sido el más feliz de los mortales, sirviendo a mi Señor y viviendo en paz con mi familia. Incluso en lo más crudo de esta triste guerra civil de Onin, que dura ya once años y que supongo acabará pronto, la familia de mi Señor el comisario Hatakeyama había sabido mantenerse discretamente al margen. Ni siquiera cuando se incendiaron los templos de Shokokuji, Kenninji o Daitokuji entró la familia en  guerra, al menos de forma abierta y con el grueso de sus tropas. Sin embargo, hace siete años, yo mismo provoqué involuntariamente que Hatakeyama se involucrara en la guerra, y eso no puedo perdonármelo. Supongo que tú crees que luchamos por discrepancias sobre la sucesión shogunal entre Masanaga y Yoshinari Hatakeyama... No es del todo cierto. Esas disputas existen, claro, pero si llegamos a las armas fue por culpa del gaijin, del extranjero vestido de blanco que llegó a Kyoto hace seis años, el quinto año de la recientemente instaurada era Onin.

            Kyoto atravesaba una mala etapa. Mucha gente vivía en la miseria, y la ciudad estaba inmersa en cada vez más frecuentes incendios e inundaciones. Muchos campesinos hambrientos se agrupaban para saquear los graneros de los prestamistas ante la pasividad de los samurais, que batallaban en conflictos internos o trabajaban para su propio beneficio. Faltando así, por cierto, al mayor deber del samurai que yo he procurado seguir toda mi vida: no tener ningún interés personal por encima del de tu Señor.

            La familia Hatakeyama, a pesar de todo ésto, vivía un momento de prosperidad. Alejada de la guerra y apoyada por el emperador, se había mantenido milagrosamente fuera del alcance de la miseria que asolaba el país. Yo era inmensamente feliz. Vivía en la casa grande con Shirohana, tu madre, y periódicamente recibíamos noticias de tus imparables progresos como bonzo en la ermita de Shuunan. Shirohana... Flor Blanca, tomando literalmente el nombre. ¡Y era de veras apropiado! Tú sólo debes tener de ella recuerdos fragmentarios, ya que no la has vuelto a ver desde los cinco años, cuando ingresaste en la ermita. Cabello negro y brilante, ojos oscuros, la piel más blanca y suave que haya visto nunca... Sin duda la mujer más inteligente y hermosa que pisara jamás Kyoto. Era muy astuta, y tras su mirada siempre penetrante casi podías ver bullir las ideas. Además, le había sido concedido el don de la intuición, por lo que sus consejos solían ser muy acertados y pertinentes. De hecho, tan sólo una vez hice oídos sordos a sus indicaciones: cuando casi suplicó que no dejara acercarse al gaijin a la casa grande. "Nos traerá la ruina", dijo simplemente. Y cuánta razón tenía.

            El gaijin llegó a Kyoto acompañado de un hombrecillo extraño, un anciano seguramente también extranjero (en un primer momento no llegué a verle bien desde las ventanas de la casa). Curioso, observé cómo discutían sobre algo mientras deambulaban entre los puestecillos del bullicioso mercado. Porque Kyoto aún no había sido arrasada, y sus habitantes trataban de sobrevivir, comerciar y ahogar sus penas en las casas de placer o en tiendas de sake. Los dos extranjeros no entraron en ninguna, sino que continuaron hablando en plena calle. Su vestimenta rozaba el absurdo: ambos llevaban una especie de kimono simplificado, completamente blanco, que sólo parecía cubrir otras ropas que se adivinaban debajo. En cuanto al calzado, no llevaban sandalias ni tabi, sino una especie de zapatos de ¿cuero? que no había visto nunca antes. En general ofrecían un aspecto chocante, aunque casi nadie en el mercado les dirigía una segunda mirada. Supongo que los tomaron por misioneros itinerantes portugueses o españoles, aunque muy pocos gaijin llegaban hasta las islas. Vivos al menos. Mientras los contemplaba lleno de curiosidad, oí rebullir a Shirohana a mi espalda. Estaba mirándolos aterrorizada por la ventana. Cuando vio que remontaban la colina hacia la casa grande, se inclinó y susurró: "Nos traerán la ruina". Y al mismo tiempo inclinó la cabeza ligeramente hacia la puerta, que permanecía entrecerrada. Sorprendido, medité si cerrarla o dejarla tal cual. Porque, como sabrás, tal es la virtud mágica de la casa grande de los Hatakeyama que nadie que no haya sido invitado puede traspasar sus puertas si no es usando extrema violencia, inaudita incluso en esa época de guerra. Yo estaba de buen humor, envalentonado por el sake y deseoso de conocer la historia de esos extranjeros que habían conseguido atravesar las costas del mar de Japón, cerradas para el comercio exterior. Y la familia Hatakeyama estaba ausente, en una peregrinación al incendiado Daitokuji que podía durar varios días. Así que no moví un dedo, ignorando desatinadamente el profético consejo de mi esposa. A escasa distancia de la casa grande, los dos gaijin se detuvieron a charlar una vez más. El viento trajo hasta mí retazos de su conversación: hablaban en un idioma bárbaro con retazos de japonés, y me pareció entender, no sé como, algunas palabras: "joya", "crisis", "falta de algo", "irreconciliable",... Lo que no hizo sino acrecentar mi curiosidad. Levantándome, me dirigí hacia la puerta para recibirles, ya que aparentemente se dirigían a la casa. Desde la puerta, observé cómo se iban acercando. Era mediodía, me acuerdo perfectamente, y el Sol ardía en el cielo causando un calor infernal que me hacía agradecer la penumbra del interior. Saludé con un leve gesto de cabeza, y me sorprendí muchísimo cuando oí hablar al más anciano de los dos en estos términos:

            - Hola, amigo. ¿Cómo estás hoy? ¿Bien? -con un desparpajo y una falta de respeto aterradoras, aunque en un perfecto japonés.

            - Pero... ¿Quién es usted para llamarme amigo? ¡No permitiré que un gaijin me insulte en la puerta de la casa en que sirvo! -indignado, hice el gesto de buscar mi katana, sin recordar que estaba guardada en el interior.

            - ¿No me recuerda, entonces? -preguntó el anciano en tono suave, tal vez algo dolido- Mis disculpas, honorable samurai Takeda. Debería haber mostrado más respeto.

            Al pronunciar estas palabras, el anciano se inclinó levemente en una correcta reverencia. Algo apaciguado al oír sus disculpas y preguntándome de qué podía conocerme, capté una mirada de sorpresa y algo de burla de su acompañante gaijin, que se ganó mi eterna antipatía. Esa mirada, sin embargo, sólo duró un momento, siendo sustituida después por otra fría y astuta. Pero yo la había visto, y nunca he tenido por costumbre dudar de lo que veo.

            - Mi nombre es Barberà -continuó el anciano- y deseo presentaros a un hombre que puede ayudaros a... Que puede ayudaros. Este es el señor Hoerschild, Jan Hoerschild. Podríamos decir que es un recién llegado a estas tierras en las que yo llevo ya años viviendo. ¿Tendría la amabilidad de dejarnos entrar para que podamos discutir asuntos de interés?

            - ¿Asuntos? Nada pueden saber dos gaijin que interese a la familia Hatakeyama, y por tanto a mí. Así que marchaos, otras casas habrá en Kyoto que puedan acogeros. - Yo había perdido todo interés en aquello, y la taimada mirada del tal Jan me ponía nervioso. Lamenté no haber escuchado a Shirohana y estar perdiendo el tiempo con ese par de extraños. Lentamente, hice ademán de cerrar la puerta.

            -Adiós pues, Takeda. -suspiró el anciano- No nos veremos de nuevo.

            Dándoles la espalda, entré en la casa para hablar con Shirohana. Mientras me retiraba, les oí comentar en voz baja algo que me pareció incomprensible:

            - ¿Neurolépticos, pues?

            - Ahora es decisión tuya. Si llegamos a ello, Largactil intramuscular.   "

            Y Shingen calló, mirando a su hijo Heito fijamente.

 

2.- Janson Hoerschild

       El doctor Jan Hoerschild, especialista en psiquiatría clínica desde hacía ya algunos años, se sentía inmensamente feliz. Tras varios años de deambular por toda Europa, finalmente había decidido sentar la cabeza y establecerse con su familia en una bonita ciudad costera catalana, Tarragona. Había sido destinado a petición propia al instituto de salud mental Pere Mata. Quería sustituir allí a un viejo amigo, el doctor Carles Barberà, muy próximo a jubilarse. Barberà le había explicado muchas cosas de algunos de los enfermos allí ingresados, y sentía una gran curiosidad científica por estudiar de cerca alguno de ellos. Además, tanto a Jan como a su mujer Clara, acostumbrados al clima frío del norte, les hizo una gran ilusión establecerse en una ciudad conocida en toda Europa por su calidez, tanto de tiempo como de carácter. Instalados en un gran apartamento de reciente construcción en plena Rambla Nova, no tardaron en integrarse en la activa vida ciudadana.

            El primer día de su nuevo trabajo Hoerschild se encontró con Barberà en la entrada de uno de los pabellones del Pere Mata. Le encontró algo envejecido -hacía tiempo que no se veían en persona- y con aspecto algo melancólico, pero prefirió no comentar nada. Tras el intercambio de saludos de rigor y algo de charla intrascendente, Jan expresó su interés en examinar alguno de los casos sobre los que habían mantenido correspondencia. Barberà se ofreció para enseñarle los más interesantes, y se lo llevó de reconocimiento en lo que sería su última ronda antes de jubilarse. En primer lugar le mostró las dependencias del Instituto, alabando sus virtudes arquitectónicas (y es que como edificio modernista el Pere Mata es francamente precioso, anticipando otras construcciones como la del Hospital de Sant Pau de Barcelona). Después le condujo a visitar a cada uno de sus futuros pacientes, explicándole su estado actual, intercambiando opiniones, decidiendo cambios en la medicación. Por último, se acercaron a la habitación en que vivía el caso más interesante de todos.

            - Bien, Jan, aquí tenemos a la joya de la corona. Varón, de raza blanca, 36 años. Viudo desde hace tiempo, sin hijos ni familia reconocida. Se llama Jaime Valle, aunque en su parafrenia se hace llamar Takeda Shingen. Como ya te conté vive en un delirio permanente, bastante elaborado y, curiosamente, de base histórica. Porque realmente existió un Takeda Shingen, de vida en algunos aspectos paralela a la suya. Ten, su historial clínico y mis apuntes sobre su vida. Consúltalos luego con calma. ¿Sabes? Este hombre está completa y perfectamente integrado en su delirio, que posee una compleja lógica interna. ¡Cuando está consciente parece casi más cuerdo que yo!

            - A ver. Según dijiste, lo más interesante del caso no es su parafrenia, hasta cierto punto normal, ni los repentinos ataques de violencia, sino las crisis repentinas que le sobrevienen, ¿no es así? ¿Propias de una esquizofrenia catatónica?

            - A falta de algo mejor para denominarla... En efecto, periódicamente se queda inmóvil, con las extremidades en postura forzada y rígida, lo habitual en estos casos... Pero a diferencia del resto de enfermos, que en estas crisis permanecen con la mirada vidriosa o perdida, él entra en un estado extraño. Se registra un movimiento incontrolado de las pupilas de los ojos, como si estuviera en la fase REM del sueño. De hecho, es lógico suponer que durante estas crisis está soñando, en cierto modo... Aunque es difícil de saber con certeza, los electroencefalogramas son perfectamente normales. Y eso ya es toda una noticia con un transtorno de este calibre. Lo único seguro es que cada día se aleja más y más de la realidad de forma irreconciliable.

            Barberà calló, al advertir que Valle les estaba mirando fijamente, con curiosidad, a través de la mirilla de cristal de la puerta de su celda. Jan abrió cuidadosamente la puerta, que no estaba cerrada del todo al no ser Valle hasta aquel entonces un interno problemático. Sin embargo, se preparó para llamar a Seguridad si había algún problema. Barberà se enjugó el sudor de la frente con la manga de su bata -hacía un calor infernal en el pasillo, debía recordar avisar a manenimiento- y se dirigió a Valle en estos términos:

            - Hola, amigo. ¿Cómo estás hoy? ¿Bien?

            - Pero... ¿Quién es usted para llamarme amigo? ¡No permitiré que un gaijin me insulte en la puerta de la casa en que sirvo! -La redonda cara de Valle enrojeció súbitamente, y con una mano hizo un gesto extraño, llevándosela a la cintura como para buscar algo. Jan dió un respingo, y abrió la boca para llamar a un enfermero.

            - ¿No me recuerda, entonces? Mis disculpas, honorable samurai Takeda. Debería haber mostrado más respeto.

            Anonadado, Jan vio cómo Barberà se inclinaba en una humilde reverencia, y no pudo evitar una breve sonrisa ante su espontánea actuación. Sin embargo, recuperó su cara de póquer habitual al advertir una fugaz mirada de Valle en su dirección.

            - Mi nombre es Barberà -continuó el médico- y deseo presentaros a un hombre que puede ayudaros a... Que puede ayudaros. Este es el señor Hoerschild, Jan Hoerschild. Podríamos decir que es un recién llegado a estas tierras en las que yo llevo ya años viviendo. -Al oír que le presentaba, Jan estuvo tentado de efectuar una reverencia él mismo, pero le pareció que sería cargar las tintas. Todo aquello le empezaba a poner nervioso- ¿Tendría la amabilidad de dejarnos entrar para que podamos discutir asuntos de interés?

            - ¿Asuntos? Nada pueden saber dos gaijin que interese a la familia Hatakeyama, y por tanto a mí. Así que marchaos, otras casas habrá en Kyoto que puedan acogeros.            Jan hizo una discreta seña a su colega, convencido de que no era el mejor momento para hablar. Barberà se despidió, renuente:

            - Adiós pues, Takeda. No nos veremos de nuevo.

            Dignamente, Valle entró en su celda, cerrando la puerta tras de sí.

            - ¿Neurolépticos, pues? -preguntó Jan en voz baja.

            - Ahora es decisión tuya -respondió Barberà lavándose las manos en el asunto- Si llegamos a eso, Largactil intramuscular.

 

III .-Shirohana

            Sentado en el suelo del campo de batalla, Shingen se dispuso a continuar su historia. Heito, inmóvil a su lado, escuchaba lleno de curiosidad y miedo reverente.

            "Nunca volví a ver al anciano, pero el gaijin de nombre absurdo volvió a presentarse en casa al día siguiente, y al otro, y al otro. Lo eché sin muchos miramientos, porque a esas alturas ya no sentía más que desprecio hacia ese arrogante extranjero que insistía en hablar conmigo. Finalmente, al cuarto día de insistencia, me harté de él y a pesar de los gritos de Shirohana y de la servidumbre, desenfundé la katana familiar y le ataqué, más con ánimo de ahuyentarle de una vez que para hacerle un auténtico daño. Sin embargo, como suele ocurrir en estos desgraciados sucesos calculé mal mi propio impulso, y le hundí la punta del arma en el cuello. La herida no fue profunda ni mortal, pero causó un gran derramamiento de sangre. El gaijin cayó de rodillas, gritando algo, y pocos segundos más tarde aparecieron como salidos de la nada tres secuaces suyos, extranjeros como él, que al pillarme desprevenido pudieron desarmarme en unos instantes. Tumbado en el suelo, donde me mantenían aquellos tres perros, vi como Shirohana corría hacia mí intentando salvarme. Sin embargo, no sirvió de nada. El gaijin herido, al que estaban atendiendo más hombres emboscados, gritó con voz algo húmeda: "¡Alprazolam! ¡Alprazolam!". No supe si era una invocación a un dios extranjero o una orden ladrada a sus secuaces, pero de cualquier modo unos segundos más tarde sentí un fino y doloroso pinchazo atravesando mi hombro derecho. Caí desmayado, oyendo los sollozos entrecortados de mi amada esposa.

            Al despertar me encontré en una habitación pequeña, iluminada por una extraña lámpara blanca colgada del techo. Con la cabeza confusa y sin muchas energías, traté de incorporarme sin conseguirlo, ya que me habían atado a una especie de banco en el que estaba sentado. Frente a mí vi al gaijin, con la herida del cuello cubierta por un vendaje limpio, sentado en un banco similar. Sostenía unos papeles en las manos, y hubiera jurado que sonreía apaciguador.

            - ¿Dónde está Shirohana? -era lo único en que podía pensar en ese momento. 

           - ¿Quién? -le vi consultar sus papeles- Ah, sí, su mujer. Mire, eh... Está bien, supongo. Dígame una cosa... ¿Por qué me atacó ayer con aquel bolígrafo? No esperaba haberle ofendido por mi insistencia en hablar con usted.

            - Creí haber dejado claro que no quería recibirle. Shirohana le tiene miedo, y por lo que veo con razón. ¿Y para qué la escolta camuflada si era una visita cordial? ¿Ha sido todo esto urdido por Masanaga?.

            - Escuche... Déjelo, no tiene sentido insistir. Quiero que le quede claro que yo estoy aquí para ayudarle. Ahora está retenido porque ha demostrado ser un peligro para los demás y para usted mismo. Sé que esto le resultará difícil, pero procuraré hacerlo lo más llevadero posible.

            Respondí con un hosco silencio. Maquinaba una manera de librarme de los correajes que me aprisionaban, sin prestar mucha atención a lo que balbuceaba aquel hombre.

            - Mmm... ¿Le dice algo el nombre de Jaime Valle? Piénselo bien, por favor. -preguntó de improviso el extranjero.

            Enarqué las cejas y permanecí callado, preguntándome a qué vendría aquello. Nunca había oído ese nombre antes. ¿Me estaba tendiendo otra trampa?

            - Bien, no importa por ahora. Puede que lo que le diga no tenga sentido ahora para usted, pero créame, es importante. Si quiere salir de esta celda pronto, no se resista cuando se le administre su medicina.

            - ¿Medicina? -pregunté, sorprendido-  No estoy herido, ni enfermo.

            - Medicina para el espíritu. Se llama Largactil, y es técnicamente un neuroléptico. Da igual. Le servirá como calmante, y disminuirá progresivamente sus delirios y los estados de catatonia en que cae. Después de unos meses de tratamiento, seguro que lo ve todo más claro. Entonces volveremos a tener esta conversación.

            Sin más palabras salió de la celda.

            Y así empezó un período muy confuso, de varios años, durante el cual los contornos de las cosas se fueron difuminando lentamente. Al cabo de unos días me dejaron salir de esa agobiante celda y explorar mi entorno. Me hallaba recluido en un edificio de construcción extraña, dividido en varios pabellones y plagado de gente, a la que veía de lejos comportándose de forma impredecible y errática. Jamás me mezclé con ellos, a pesar de las perversas órdenes al respecto que hacía Hoerschild de tanto en tanto. Sin embargo, siempre estuve vestido como ellos, con una holgada túnica verde sin bolsillos. Nunca salí al exterior del edificio, pese que a veces me llevaban a pasear por unos jardines de disposición irregular. Aquel lugar estaba lleno de matones como los que me habían raptado, fácilmente distinguibles por sus llamativos uniformes. Cada día, nada más levantarme, me administraban una dosis de esa extraña droga, que me atontaba y me hacía olvidar poco a poco mi tierra, mis costumbres, mi propia identidad. Echaba mucho de menos a Shirohana, pero al mismo tiempo sentía algo muy extraño, como si su imagen se desvaneciera y se tornara confusa. Lo mismo ocurría contigo, Heito, y con mi Señor Hatakeyama. El gaijin estaba empeñado en que mi auténtico nombre era Jaime Valle, como si no supiera yo perfectamente qué nombre recibí de mis parientes. Cada día me lo repetía, una y otra vez, como si esperara que yo recordara algo de repente. Y lo peor de todo es que había llegado a pensar que tal vez, sólo tal vez, el nombre me era familiar, que lo había oído antes de mi secuestro. Las drogas de Hoerschild me estaban volviendo loco.

            Un día que me administraron doble dosis de esa potente medicina, hace exactamente un año, recibí en mi celda una visita de Hoerschild. Se le veía extrañamente alegre, y sostenía una carpeta negra de gran tamaño. A esas alturas, de la herida en el cuello sólo quedaba una débil cicatriz, recordatorio permanente de su imprudencia. Desde el apuñalamiento nunca se me había vuelto a acercar sin estar acompañado de al menos uno de sus secuaces.

            - Buenos días, Jaime. ¿Te encuentras bien? -con su maldita familiaridad, y resistiéndose, como siempre, a llamarme por mi verdadero nombre-. La medicación ha hecho verdaderas maravillas. Tus estados de catatonia casi han desaparecido, y creo que ya estás en situación de intentar recordar parte de tu pasado. Estoy seguro de que te va a gustar lo que te voy a enseñar ahora.

            Con un gesto de cabeza hizo salir de la celda a los dos tipos que le acompañaban, quedándose solo conmigo por primera vez en años. Enarqué las cejas, sinceramente intrigado.

            - Ya te he hablado muchas veces de ésto, pero te lo repetiré una vez más. Te llamas Jaime Valle y naciste en Tarragona hace algo menos de 41 años. Estás doctorado en Historia, con una tesis muy interesante sobre la dinastía Muromachi y el Japón feudal que ya he leído y tú podrías consultar también si quisieras.

            Fruncí el ceño ante el recuerdo del absurdo día en que me puso un libro debajo de las narices afirmando que lo había escrito yo. Sin hojearlo más que por encima, lo lancé al suelo con desprecio. No estaba escrito con mi letra ni en japonés, sino en una especie de jerigonza incomprensible y con letras occidentales.

            - Trabajaste como profesor e intérprete de japonés para el Instituto Nacional de Idiomas, y allí conociste a la que sería tu mujer, la profesora Sara Moravia.

            - Mi única mujer ha sido siempre Shirohana, y ya recuerdo haberle oído decir estas tonterías antes - Seguía tratándole de usted, después de todo aquel tiempo.

            - La que sería tu mujer, decía, durante unos pocos años, hasta que murió en una operación de extirpación de cáncer de mama.

            - ¿Cree que no recordaría la muerte de mi mujer?

            - No si no quieres. Y entiendo que quisieras olvidarlo. Sin embargo, siempre he sostenido que esa muerte fue el detonante, que no el causante, de todos tus problemas.

            - ¿Es eso todo? -indiferente, ya que no me había dicho nada que no hubiera repetido mil veces antes.

            Sin decir una palabra, Hoerschild abrió la carpeta que llevaba consigo, que pude ver rebosante de papeles y libros. De su interior, tras buscar un poco, sacó un papel grande con una cara en blanco. No pude ver qué había en la otra cara.

            - Me ha costado mucho, porque todas tus pertenencias quedaron destruidas en el incendio que provocaste en tu casa, pero al fin encontré algo, en una agencia de fotógrafos que por lo visto cubrió vuestra boda civil.

            ¿Incendio? Pensé que el gaijin se había vuelto loco, en lugar de conseguir su objetivo de enloquecerme a mí. ¿Me estaba acusando de provocar el gran incendio de Kyoto, que destruyó mi casa entre otras muchas y casi le costó la vida a Shirohana?

            - Tengo una fotografía de vuestra boda. Es la única imagen decente que he podido encontrar de Sara. Sales tú, también, claro. Ahora quiero que la mires bien y...

            - ¿Fotoqué?

            - Fotografía. Sabes perfectamente lo que es, una imagen en papel de algo que ocurrió. He hecho ampliar ésta en concreto, y ahora voy a enseñártela. Por favor, procura recordar.

            Había picado mi curiosidad, debo admitirlo. Giró la hoja de papel, y al instante me quedé sin aliento. En la hoja había dibujada una imagen, con mayor perfección de la que es posible alcanzar con simples grabados a pincel. Aparecía yo, con algunos años menos pero perfectamente reconocible, vestido con una especie de traje negro bastante elegante. Y a mi lado, con un lujoso vestido de novia blanco, tan preciosa que hacía daño mirarla, vi a Shirohana. Dulce Shirohana. Hubiera reconocido en cualquier parte su mirada llena de inteligencia, su sonrisa... Pero... ¿Sara? ¿Se llamaba Sara?"

            Shingen interrumpió su relato, echándose a llorar repentinamente. Heito entrecerró los ojos, preguntándose si su amado padre se habría vuelto loco.

 

4.- Jaime Valle

      Clara Hoerschild entrecerró los ojos, preguntándose si el cretino de su marido se habría vuelto loco. Suspiró profundamente. Clara estaba hojeando un extracto de los informes confidenciales que escribía Jan sobre su trabajo. (Como ella decía siempre: "Si son tan confidenciales, ¿por qué los dejas siempre encima de la mesita del dormitorio?" A lo que él solía responder, sarcástico: "Bueno, ¿cuánta gente aparte de tú y yo entra en nuestro dormitorio?"). Una vez más, Clara releyó el fragmento que le había impresionado.

 

                       "Seguimiento a largo plazo.

                        Nombre del paciente: Jaime Valle.

                        Nombre del psiquiatra: Janson Hoerschild.

                        Fecha: 4-11-99        Hoja 4, transcripción conversación Valle-Hoerschild.

 

            JAIME VALLE: ¿Sara?

            JAN HOERSCHILD: En efecto, Sara Moravia. Nacida en un pueblo cercano a Sicilia, profesora de italiano en el Instituto Nacional de Idiomas durante varios años. ¿Te resulta familiar? ¿Vas recordando, Jaime?

            JV: Pero... Pero...

            JH: ¿Cómo te llamas, Jaime?

            JV: (Larga pausa. Carcajadas) ¿Te das cuenta de lo idiota que es esa pregunta?

            JH: Ya sabes a qué me refiero. Vaya, por fin me has apeado el tratamiento.

            JV: ¿Por qué me haces ésto? (Nota manuscrita de JH: A partir de este momento su expresión cambia radicalmente. Lo que durante años ha sido una mirada vaga y algo ausente se aclara de golpe. No estoy seguro de cómo interpretar ésto, pero es la mirada más lúcida que he visto en mi vida. He de confesar que en ese momento me asusta. Cambia incluso su voz, haciéndose ronca y algo amenazadora. Temo haber ido demasiado lejos).

            JH: Es mi trabajo. No puedes vivir en una parafrenia, en un delirio permanente, poniéndote en peligro a ti mismo o a otros. Ya me atacaste una vez, ¿recuerdas? Y provocaste un gran incendio, con heridos...

            JV: Sí, cierto. Lo recuerdo. Claro que lo recuerdo. Estaba allí.

            JH: No me has respondido. ¿Cómo te llamas?

            JV: Jaime Valle. Pero antes de que aparezca una sonrisa de triunfo en tu cara, diré que me llamo Takeda Shingen.

            JH: Decídete. ¿Cómo te llamas?

            JV: Jan Hoerschild. Jimmy Carter. Dorian Gray. Abraham Van Helsing...

            JH: Esto es serio, Jaime. ¿Cómo te llamas?

            JV: Clara Hoerschild.

            JH: (Larguísima pausa). ¿Cómo sabes el nombre de mi mujer?

            JV: Puedo tener el nombre que quiera, Jan. Takeda Shingen fue un samurai que vivió en Kyoto durante el siglo XV, sirviendo al comisario shogunal Yoshinori Hatakeyama. Se unió en matrimonio con una tal Shirohana, antigua cortesana del emperador Gokomatsu. Tuvo un hijo, Heito, que se convirtiría en un famoso bonzo, origen de una popular corriente de zen puro. Las hazañas bélicas de Shingen durante la guerra civil de Onin dieron pie a muchas historias y leyendas en torno suyo, por no hablar de mi fabulosa tesis doctoral. Y lo mejor: "Shingen" significa en japonés "Ilusión verdadera". ¿Elegí bien, verdad?

            JH: ¿Elegiste creerte Takeda Shingen?

            JV: Elegí ser Takeda Shingen. Dime, Jan... ¿Has oído hablar de Carlos Castaneda? ¿O del poder del soñar? Castaneda fue un antropólogo que publicó varios libros sobre su relación con un brujo indio yaqui, don Juan Matus, que se convirtió en su maestro y le transformó en un hombre de conocimiento. Castaneda recopiló sus enseñanzas en varios libros, que al poco tiempo se convirtieron en best-sellers mundiales. Los he leído todos.

            JH: Psicodelia y new age, si no recuerdo mal. ¿Dónde quieres llegar?

            JV: La mayoría de ellos son simplemente divertidos, pero lo que me cautivó desde el principio fue una de las enseñanzas de don Juan para llegar a la vía del conocimiento: lo llamaba soñar, forjar una nueva realidad. "El soñar es real para un hombre de conocimiento, porque ahí puede actuar con deliberación, puede escoger y rechazar, puede cambiar las cosas, puede controlar lo que quiera. Mientras que en un sueño común y corriente no se puede actuar con determinación". El soñar es real cuando uno ha logrado poner todo un mundo en su foco. Entonces no hay diferencia en lo que se hace al dormir y lo que se hace estando despierto. Yo lo único que hice fue aprender y perfeccionar esta habilidad para cambiar de una realidad que me asqueaba, al no tener a Sara en ella, a otra nueva y fresca. Durante mis periodos de catatonia sueño la realidad en la que vivo al despertar.

            JH: Sí, sí, claro, tu vida como Shingen era completamente real...

            JV: Pues sí, de hecho lo era tanto como pueda serlo la tuya. Más, incluso, si lo que estoy pensando ahora es cierto. Se me ha ocurrido... ¿Sabes? Quizá nunca llegué a estar convencido de la realidad que forjaba en mis estados de sueño. Quizá sentí inconscientemente que me había vuelto loco y no me gustó. Quizá busqué ayuda dentro de mi sueño en lugar de buscarla fuera. Quizá soñé al buen doctor Barberà para que me devolviera a la realidad de Jaime Valle, y quizá después te soñé a ti, buscando resultados más rápidos. Quizá es así como conozco el nombre de tu mujer.

            JH: Y quizá yo sea un hijo ilegítimo de George Bush. ¿Cómo sabías el nombre de mi mujer?

            JV: Cuando me enseñaste esa fotografía... Sentí que me estaba despertando. Y no quiero hacerlo. Siendo Shingen conseguí recuperar todo lo que había perdido, y más. Vivía feliz con mi mujer, no importaba que se llamase Shirohana, Sara o... Clara... Jan. Escúchame, Jan.

            JH: (Anotando sin cesar en su cuaderno de notas) Te escucho, Jaime.

            JV: ¡Deja ese cuaderno! Escucha, Jan.

            JH: Soy todo oídos.

            JV: Deja de administrarme Largactil. Deduzco que esa medicina inhibe mis estados de sueño en los que forjo la realidad. No me has liberado, Jan, has reducido los muros de mi prisión. Olvídate de los neurolépticos. Temo que ya sea tarde, puede que ya nunca sea capaz de soñar con la misma intensidad, y desde luego no sé si podré olvidar esta conversación. Pero tengo que intentarlo. Quiero volver a mi vida.

            JH: No puedo hacer eso. Estás demostrando la bondad de mi tratamiento, al fin y al cabo. Todas las transiciones son duras. Una vez hayas roto con tu vida de Takeda, conozco psicólogos que podrán ayudarte a reconciliarte con el mundo como Jaime de nuevo...

            JV: ¿Es que no has entendido nada, Jan? Ya estoy reconciliado con el mundo, pero desde luego no con éste. He vivido en uno más claro y desde luego más auténtico que esta pobre ilusión. Quiero volver a mi Kyoto para intentar recuperar a Shirohana, a Heito, a Hatakeyama. Es lo único que importa.

            JH: No lo es. ¿Cómo sabías el nombre de mi mujer?

            JV: Desde lo de Sara he vivido en un castillo de arena. Tú lo estás destrozando, y yo sólo pido poder reconstruir sus ruinas. Te lo estoy suplicando, Jan.

            JH: ¿Cómo sabías el nombre de mi mujer?

            JV: ¿Y qué más da? Quizás porque la he creado yo, quizás te haya oído hablar de ella con un enfermero, o puede que sea un adivino. Déjame volver, Jan.

            JH: (Se levanta). Ahora debo irme. ¿Quieres que te deje la fotografía?

            JV: No la necesito. Conozco bien a mi mujer.    "

            Clara Hoerschild se mordió el labio inferior, intrigada, y dejó de leer. Toda aquella historia le causaba escalofríos.

 

V.- Takeda Heito

      Shingen se recuperó de su repentino llanto al cabo de poco y continuó su relato en tono sombrío, clavando la mirada en su hijo.

       "Nada puedo contarte del diálogo que mantuve entonces con Hoerschild. No podrías entenderlo, ni estoy seguro de poder explicártelo. Sé que tienes una mente brillante y ágil, pero a mí no me queda tiempo suficiente... Olvídalo. Por ahora te bastará saber que convencí a Hoerschild de que dejara de administrarme esa medicina llamada Largactil. Continué internado en aquel lugar, pero sabía que era sólo cuestión de tiempo. Y en efecto, a las pocas semanas, aparecí al despertar una mañana en el mancillado suelo de Kyoto. Me habían dejado en una zona de los arrabales, cerca de la entrada de la ciudad y no muy lejos del distrito en que se hallaba la casa Hatakeyama. Tras años de ausencia, estuve un buen rato tumbado en el suelo, simplemente respirando el aire fresco y observando la fiera belleza de mi ciudad, que ni la pobreza ni la guerra podían destruir del todo. Reí calladamente, feliz de estar de vuelta. Ansioso por saber qué había ocurrido durante mi prolongada ausencia, abordé a un grupo de campesinos que volvían del trabajo. Sorprendido, reconocí en uno de ellos a un viejo sirviente de la casa grande, que se espantó muchísimo al reconocerme, tomándome por un fantasma. Realmente debía parecerlo, vestido con esa túnica verde, raída y sucia por la noche pasada al raso. Tras muchas explicaciones, logré enterarme de las tragedias ocurridas en esos seis años.    La guerra civil de Onin se había recrudecido. Mi Señor Yoshinori Hatakeyama, convencido de que tras mi violento rapto de la casa grande se escondía una ofensiva de su rival Masanaga, hizo entrar en batalla al grueso de sus tropas. Tras años de combate, Kyoto había sido casi arrasada por los enfrentamientos. Yoshinori disponía de menos hombres y peor entrenados, y su situación no era buena en absoluto. Supe que tú, Heito, al enterarte de mi desaparición habías abandonado tu carrera como bonzo para ayudar en la batalla, de lo que me lamenté al conocer tus muchas habilidades intelectuales. Y, lo peor de todo, tuve noticia del súbito fallecimiento de Shirohana, en extrañas circunstancias, unas pocas semanas antes de mi retorno a Kyoto. Aquello fue para mí un horrible mazazo. Una de las pocas cosas que me habían mantenido cuerdo durante mi larga estancia con el gaijin fue el convencimiento de que algún día la podría volver a ver, radiante y luminosa como siempre. Y creía que con sus sabias palabras y su pronta inteligencia sería capaz de disipar las dudas que sobre mí mismo y sobre ella me había provocado Hoerschild. No tuve esa suerte. Y el hecho de que la súbita enfermedad que se la llevó la atacara más o menos en las mismas fechas en que mantuve mi conversación con el gaijin no contribuyó a aclarar mis ideas. De cualquier modo, ahuyenté de mi interior la tristeza y las dudas, recordándome el único deber del samurai: servir a su Señor sin pensar para nada en uno mismo. Así que corrí al encuentro de Yoshinori, que al reconocerme dio grandes muestras de alegría, ya que siempre habíamos sido grandes amigos. Me proporcionó comida, sake y ropajes con los que me vestí inmediatamente, ansioso de librarme de aquella maldita túnica verde. Por fin. Por fin había vuelto donde pertenecía.

             Sin embargo, al poco tiempo comprendí que nada podía ser ya igual que antes. Sin la sabiduría de Shirohana para acompañarme, mis consejos eran siempre vagos y de poca confianza. Mi llegada no mejoró la posición de Yoshinori, que continuó retirando sus tropas poco a poco. Fui viendo cómo los contornos de todas las cosas, antes nítidos y claros, se tornaban confusos y borrosos. Sentía que me estaba despertando, como si aún tomara periódicamente ese Largactil. Las victorias y derrotas, mis conversaciones contigo y con el Señor, todo me parecía hueco, vacío y sin sentido.

             La batalla de hoy, con la que me temo que la guerra toca a su fin, ha sido la gota definitiva. He fallado a mi Señor, al que no he podido defender de sus enemigos, y sobretodo le he fallado a la memoria de Shirohana. Por eso, aquí y ahora, y contigo como testigo, decido que Takeda Shingen desaparezca. Debo irme definitivamente, no me quedan fuerzas para empezar otra vez.

             Hijo mío, abandona la armadura guerrera y vuelve a la vía de Buddha. Y, aunque sé que no es necesario que te lo pida, entiérrame como es debido. Adiós, Heito. Doy gracias a los dioses por los años de vida feliz con mi familia."

             Heito abrió la boca para preguntar algo, sintiendo una oscura tristeza en su interior, pero calló al levantar la mirada del suelo y fijarla en su padre. Takeda Shingen tenía los ojos inexpresivos y vacíos de un cadáver. Cómo había muerto, Heito nunca pudo decirlo, al no haber ninguna herida visible en el cuerpo. Cuidadosamente, le cerró los ojos a su padre y se incorporó, aguantándose la magullada cabeza. Sorprendido, comprobó en medio del dolor que su padre sonreía dulcemente.

             Durante el resto de su vida, que por otra parte sería próspera y larga, Heito pensó a menudo en el extraño relato de su padre. "Sentí que me estaba despertando", había dicho Shingen. Cada vez que recordaba esa frase, Heito se palpaba a sí mismo, aterrado, y se repetía una y otra vez que él no era el sueño de nadie. Estaba vivo. Existía.

 

6.- EPÍLOGO: Clara Hoerschild:

            "Sentí que me estaba despertando", había dicho Valle en su conversación con Jan. Cada vez que recordaba esa frase, Clara se palpaba a sí misma, aterrada, y se repetía una y otra vez que ella no era el sueño de nadie. Estaba viva. Existía. Así que, en cierto modo, sintió un gran alivio cuando Jan le comunicó la súbita muerte de Jaime Valle, por causas aún desconocidas, mientras dormía aislado en la soledad de su celda.   

                                                                                                             

Para Dela, en el Sueño

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