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Shhhht…
Callaos un momento… Si os es posible, tratad de acallar los sonidos de
la habitación en que estáis ahora mismo. Apagad la música del walkman,
cerrad la ventana para amortiguar el estruendo del tráfico, parad por un
momento vuestras conversaciones en voz alta. Interiorizad el resto de
ruidos sobre los que no tenéis control (el zumbido del aire
acondicionado o la nevera, vuestra propia respiración) hasta que no
seáis conscientes de ellos. Imaginaos ese silencio susurrante
propio de un museo vacío o del interior de una pirámide… En mi racha de
“Seré Breves” progresivamente extraños, ha llegado el momento de
dedicarle unas líneas al silencio.
A priori, el silencio (entendido por ahora como
simple ausencia de sonidos) no tiene muy buena prensa. Parece que los
humanos venimos con una especie de horror vacui
sonoro incorporado de serie en nuestra psique… Una tendencia
frecuentemente irracional a abarrotar nuestra vida activa de sonidos:
música, ruiditos, palabras. Estudiar con música de fondo, dormir con la
tele o la radio encendidas, llenar como sea cualquier silencio de las
conversaciones. ¿Recordáis el diálogo más famoso de Pulp
Fiction? (Bueno, el segundo más famoso después del de los McDonalds
de París). El personaje de Uma Thurman coquetea con
Travolta en un bar, y dice algo como: “¿No los odias? Esos incómodos
silencios… Así sabes que has encontrado a alguien especial: si puedes
permanecer callado un puto minuto sin sentirte tenso”. Bien, es cierto.
Es difícil encontrar buenos conversadores, pero también lo es hallar
gente que sepa callar con estilo, de modo que no te haga sentir
obligado a decir cualquier cosa “para entretener” o simplemente para
ocupar el silencio. Hay silencios cómodos (hasta diría que
aterciopelados si no temiera pecar de cursi), silencios en que los
contertulios simplemente dedican unos momentos a pensar por su cuenta en
algo, o a mirarse, o a descansar la mente y la garganta. Y por si no os
basta al respecto la autoridad de Tarantino, otros han manifestado
opiniones parecidas: Erasmo de Rotterdam ya lo dijo hace siglos:
“La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno”.
O Georges Clemenceau, que reconocía la dificultad de callar en el
momento apropiado: “Manejar el silencio es más difícil que manejar la
palabra”. O aún otro testimonio, de William Hazlitt: “El silencio
es el gran arte de la conversación”. Y del discurso, podría añadir:
cualquier buen orador debe aprender a manejar con maestría las pausas y
silencios...
El silencio puede ser un arma poderosa. A
veces callar puede ser más beneficioso o dañino (para el que calla o
para otros) que hablar. Al fin y al cabo, los secretos se mantienen
permaneciendo en silencio. O pensemos en el poder de la omertà,
el silencio impuesto por la Mafia… O el silencio de un cura que
recibe un horrible secreto de confesión y se ve obligado a sellar los
labios… O el secreto profesional que deben guardar médicos, abogados,
detectives… O por poner un ejemplo cercano: hace ya tiempo le pregunté a
una mujer con la que salí algunas veces (y de la que estaba enamorado)
tras horas de discusión y circunloquios: “pero, a ver, ¿realmente me
quieres o no?”. Me contestó con el silencio... Y fue tan
elocuente como si hubiera usado mil palabras. Mientras resonaba en mi
cabeza el eco de ese silencio, me acordé de una frase que más tarde
busqué y encontré atribuida a Miles Davis: “El silencio es
el ruido más fuerte”.

Por mucho que existan silencios cómodos, lo
habitual en el ser humano es huir del silencio. Muchas veces el
silencio implica soledad: por eso muchos solitarios a la fuerza
tienen siempre encendidos el televisor o la radio… Mantienen así un
cierto contacto humano, o al menos una ilusión del mismo. El silencio
indica ausencia. Cuando un colegio se vacía (o un parque de
atracciones cierra, o vemos un mercado por la noche) somos testigos de
cómo el silencio, brotando de todas partes y de ninguna, se convierte en
el rey y amo del lugar. Nos es extraño (según cómo, hasta terrorífico)
ver ambientes normalmente bulliciosos convertidos en un erial vacío y
callado. Y el silencio también implica muerte. Como comenta
Marías en Tu
rostro mañana, hablar, comunicarse, es lo que nos hace a todos más
humanos, más vivos. Sólo los muertos callan siempre. Y qué duro es, tras
la muerte de alguien amado, ver los lugares que antes asociabas a sus
sonidos reducidos a un silencio total.
Visto así, es normal ese miedo humano al silencio,
¿n’est ce pas?
Sin
embargo, aparentemente hay un fallo en esta teoría del horror natural
del ser humano hacia el silencio. Imaginemos un urbanita hastiado
del estruendo de las grandes ciudades (tráfico, ruidos de obras,
disparos si vive en un barrio tipo Bronx), que consigue retirarse al
campo durante unos días. ¿Cuál es su primera reacción cuando llega a la
cima de la montaña, o al centro del bosque, o al inicio de la vasta
llanura? Respirar hondo el aire puro, poner los brazos en cruz
como si se estuviera desperezando y susurrar: “Dios mío, qué silencio…”
con aire de enorme alivio y satisfacción. ¿Ama ese ser humano de veras
el silencio, de forma totalmente natural?
Bueno, pues no. En realidad el campo no está en
silencio, nunca lo está. El viento silba levemente, o se oyen
ruidos dispersos de animales (sean grillos, colibríes o hienas, para el
caso), o las hojas de los árboles susurran al rozarse unas con otras, o
se adivina una corriente de agua cercana… Lo que adora el urbanita es
esa aparente ausencia de ruidos que en realidad enmascara sonidos
relajantes, generalmente poco estridentes (a no ser que haya un mandril
furioso en las cercanías). Si el silencio fuera total, el campo sería un
lugar insoportable, un desierto inerte de otro mundo. La vida produce
sonidos… Un bosque totalmente silencioso debe ser uno de los lugares más
desagradables que se me ocurren.
Leí
una vez que un humano que permanezca demasiado tiempo en una cámara
totalmente anecoica (es decir, que absorba todos los sonidos)
corre riesgo de perder la razón. A no ser que sea sordo, claro,
en cuyo caso digo yo que ya estará acostumbrado… Hmm... Muchas veces me
he preguntado si sabría adaptarme al mundo siendo sordo, si tendría la
tenacidad y habilidad necesarias para aprender a vivir normalmente en un
mundo pensado para oyentes. Conocí a un sordo hace tiempo, un amigo de
mis padres que sabía leer los labios y hablaba con esa curiosa voz de
aquellos que no se oyen a sí mismos. Todo un reto. Y como dice el
inimitable Grissom en un gran capítulo de CSI, tras quitarse
unos tapones de insonorización que se había puesto en los oídos: “no me
preguntaba lo que significa ser sordo, sino lo que significa oír”.
Hay mil historias relacionadas con el
silencio (según la ciertísima paradoja de George B. Shaw, “La
disciplina del silencio es tan interesante que podría pasarme horas
hablando sobre ella”), pero sólo voy a explicar un par de ellas para no
acabar siendo enfadoso. Imposible no mencionar la historia de Wu Ding
(1324-1266 a.n.e.), emperador chino que, haciendo gala de un notable
autocontrol, permaneció en riguroso silencio los tres años posteriores a
su subida al trono. Durante ese tiempo de altivo gobierno silente en que
la única actividad del “hijo del cielo” fue permanecer hierático y mudo
en su sitial, el gobierno quedó en manos de una cohorte de chambelanes,
ministros y hombres de confianza… Las puñaladas por el acceso al poder
se sucedieron: conspiraciones, peleas y traiciones estaban a la orden
del día. Poco a poco, un grupo de subalternos del emperador acabó con
toda oposición, formando un equipo de gobierno más o menos estable. Y
ese fue el momento elegido por Wu Ding para recuperar el habla y asumir
al fin sus responsabilidades, una vez ya estaba rodeado de un equipo de
consejeros en los que podía confiar… Eliminados ya por pura selección
natural aquellos elementos más traidores y/o pusilánimes. Interesante
lección la de Wu Ding: a veces es útil mantener el silencio hasta que la
correlación de fuerzas te sea favorable.

(O a veces es importante mantenerse
callado en según qué momentos por otro motivo: como dijo el gran
Groucho Marx, “mejor estar callado y parecer tonto que hablar y
despejar las dudas definitivamente”).
Y no
nos movemos de tierras orientales para explicar otras dos jugosas
historias silenciosas: una en China y otra en Japón. Le cederé la
palabra a David Le Breton, en su libro El silencio:
“En la China de los años treinta, la
búsqueda de Kazantzaki le lleva a un templo de Pekín, donde asiste a un
concierto silencioso. Los músicos ocupan su lugar, ajustan sus
instrumentos. «El viejo maestro inicia el gesto de golpear sus manos,
pero sus palmas se detienen justo antes de tocarse. Es la señal que abre
este sorprendente concierto mudo. Los violinistas levantan sus arcos y
los flautistas ajustan los instrumentos en sus labios, al tiempo que sus
dedos se desplazan rápidamente por los agujeros. Silencio absoluto... No
se oye nada. Es como si fuese un concierto que tuviese lugar muy lejos
[...]» J.Pezeu-Massabuau hace asimismo referencia a antiguas fiestas
japonesas donde se daban, en secreto, conciertos de silencio: «Cada uno
escuchaba, y lo que oía en él nadie habría sabido repetirlo»". Impresionante,
¿verdad? Conciertos en los que no se toca una sola nota… ¿Qué se escucha
en ellos? La situación absurda fuerza a escuchar primero los sonidos del
entorno, la música del mundo (“la música es constante, sólo la
escucha es intermitente”, dice H. D. Thoreau), y, al cabo de un rato,
oímos nuestra propia música interior: el sonido del cerebro, el susurro
de nuestras neuronas formando pensamientos, el chisporroteo de nuestros
recuerdos, melodías interiores y reflexiones tomando forma, guiados por
el silencio de los músicos. “Nadie habría sabido repetirlo”, en efecto:
la escucha de la nada acaba siendo algo personal e intransferible.
Dos ejemplos modernos de música silenciosa: el compositor John Cage
(jaja, nada que ver con el Bizcochito de Ally McBeal) tiene una famosa
pieza llamada 4’33’’, compuesta en 1952 y, según leo: “dividida
en tres movimientos, puede ser interpretada por cualquier instrumento o
combinación de instrumentos”. Y tanto que puede, ya que la obra consiste
en 4’33’’ de silencio absoluto… Igual que el concierto que dirigió el
extravagante artista Tres (sí, aparentemente ese es su nombre) el
21 de Junio de 2002 en el Born de Barcelona. La Banda Municipal de la
ciudad tocó silenciosamente durante treinta minutos, ante un público
entregado que acabó pidiendo un bis… Le podéis ver en la foto de al lado.
Y me despido por ahora con un
extracto del libro Las catilinarias, de mi adorada Amélie
Nothomb, en el que veremos un ejemplo de lo que hablábamos antes
sobre silencios agradables y desagradables. Y aún añado un último
ejemplo de silencio agradable: el que se instaurará cuando acabe al fin
el rollo que os estoy contando. ¡Nos leemos en el próximo Seré Breve!
“Al principio entré confiado en el
silencio del señor Bernardin. Parecía fácil. Bastaba con no mover los
labios, con no buscar la frase adecuada. Por desgracia, no todos los
mutismos se parecen: el de Juliette era un universo acolchado, rico en
promesas y poblado de animales mitológicos; en cambio el de Bernardin
crispaba desde el vestíbulo y reducía al ser humano a materia indigente.
Intenté resistir al máximo como un buceador que intenta prolongar una
apnea. Dado su silencio, la presencia de nuestro vecino se convertía en
algo terrible. Se me humedecían las manos y la lengua se me secaba”.
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