I
- INFIERNO
- Mira, niña, te voy a contar otra vez ese cuento
tan bonito y que además ocurrió de verdad, pero tienes que
prometerme que después te dormirás, ¿vale?
- ¿Y si no te lo prometo, eh?
- Bueno, entonces te mataré con mis propias manos.
- ...
- Allá va, entonces:
Recuerdo nítidamente el momento del accidente, como si acabara
de ocurrir ahora mismo. Y no por las consecuencias que trajo
consigo, ni por la violencia del choque, ni siquiera por la
horrible sensación de sentir cómo atravesaba el parabrisas. Lo
recuerdo por el pensamiento, intenso y fugaz, que pasó por mi
cabeza cuando creí que iba a morir: "¡Mierda, ahora no!". Y es
que en el momento del impacto me la estaba chupando una modelo
portuguesa.
Sí, bien, lo reconozco, la culpa del accidente fue
mía. Era yo el que estaba bebido, y fui yo el que dijo "sí",
pero la brillante idea de combinar velocidad y sexo oral salió
de los labios de la pobre Laura. Aún no sé qué mosca le picó.
Volvíamos de una fiesta, y se la veía algo borracha, vale, pero
aún así... La verdad es que no nos conocíamos demasiado, a pesar
de llevar algunas semanas saliendo por bares y yendo a fiestas,
y la tenía por una mujer simpática pero paradita y algo ingenua.
Así que me quedé de piedra cuando, en plena carretera, oí a la
ingenua Laura diciendo con una sonrisa maliciosa y un deje
alcohólico en la voz: "Se te ve muy concentrado, Andrés... ¿A
que nunca te la han chupado mientras conduces, eh? Tanto aire de
hombre de mundo y de estar de vuelta de todo... ¿Pero a que te
gustaría?" En aquel momento estalló una trifulca en mi cabeza.
Incredulidad, Sorpresa y Alegría empezaron a gritar, mientras
Lujuria y Prudencia se batían en duelo. Puedes imaginarte quién
ganó. Balbuceé: "Sí... Quiero decir, que no, que nunca me...
Vamos, que si quieres...". La verdad es que mientras
tartamudeaba tonterías, iba sintiendo como mi polla se erguía
poco a poco, como si no acabara de creérselo. Laura ignoró
completamente lo que estaba diciendo y se dedicó con habilidad a
bajarme muy despacio la bragueta de los tejanos. Sonriendo,
metió una mano en mi entrepierna y acarició ligeramente la
tienda de campaña que se iba formando bajo los calzoncillos. Sin
apartar la vista de la carretera, noté cómo unas manos
sorprendentemente seguras dejaban al descubierto mi polla
palpit...
- ¿Oye, estás seguro de que deberías usar este
lenguaje?
- Bueno, ya eres mayorcita, ¿no? Además, ya he
contado esta historia cien veces y nuca te he oído quejarte. Así
que si me dejas continuar...
Como decía, unas manos sorprendentemente seguras dejaron al
descubierto mi pene y empezaron a acariciarlo suavemente,
aguantándolo por la base. Laura se inclinó hacia el asiento del
conductor y lamió con delicadeza el contorno del glande,
haciéndome aparecer una sonrisa boba en la cara. Ahora debería
decir que se la metí hasta la garganta con lujuria, o que con su
hábil lengua me llevó hasta el orgasmo, pero... En realidad bajé
la mirada y, divertido, empecé a hacer un chiste fácil sobre
Clinton y “relaciones impropias". Y embestí a un Seat Ibiza.
II - PURGATORIO
Laura salió casi indemne, si no contamos un par de
contusiones y magulladuras en los brazos. Llevaba cinturón. Yo
no. Estuve varios días inconsciente, según me explicaron
después. Aparte de cortes y hematomas superficiales, había
recibido un fuerte golpe en la columna -que me forzó a estar
prácticamente inmóvil algunos meses- y una fea herida en la
oreja izquierda. Además, al atravesar el parabrisas y romperlo
en pedazos, algunos fragmentos de cristal se me clavaron en los
ojos. Durante unas semanas después de despertar permanecí con
una venda sobre ellos, mientras escuchaba explicar pacientemente
a doctores y enfermeras que quizá en unos días podrían sacarla y
comprobar mi estado. Cuando por fin lo hicieron, el veredicto
fue inapelable y unánime. Jamás recuperaría la vista.
Cuando me dieron la noticia, aún no había recuperado
la movilidad de las piernas y estaba tumbado en una cama del
hospital. Ciego, medio sordo, casi inmóvil... Me eché a llorar,
sin preocuparme de que me vieran. Me sentía como un pedazo de
materia inerte, inútil, como una de esos bichos marinos ciegos
que sólo son una boca y un tubo de carne, ¿cómo se llaman,
anguilas o...
- Lampreas. Debió ser muy duro, supongo...
- No puedes ni imaginártelo. Sin discusión, fue el
peor momento de mi vida. Pensé en todas las cosas que no podría
volver a hacer: leer, ir al cine, contemplar un cuadro, ver la
tele... Pensé que nunca podría volver a mirar a una mujer y
admirar lo guapa que era, que nunca... Pero no interrumpas más,
joder...
Cuando el doctor se fue, me quedé solo en la habitación. A Laura
le habían dado el alta hacía días, y para mi sorpresa no había
venido a verme ni una sola vez desde entonces. En aquel momento
no la culpé. Los pocos amigos que me visitaron estaban cohibidos
y bastante incómodos. Simón, Borja, la pendona de Juana,
Javier... La única que mostró algo de desparpajo fue Beatriz,
una amiga gallega algo feúcha con la que había llegado a salir
un par de veces, pero sin que la cosa llegara a mayores. A todos
les expliqué lo mismo: mi sensación de inutilidad, mi falta de
esperanza en el futuro, la incapacidad de encontrar algo por lo
que valiera la pena vivir... Como ayuda me dieron palmaditas en
la espalda. Entonces decidí acabar con todo.
III - PARAÍSO
Pero aún podía ocurrir un milagro. Y ocurrió. No con
mis ojos, por supuesto, que estaban más muertos que la momia de
Lenin, sino... Una noche desperté de repente, o, mejor dicho, me
despertó una mano al tocarme suavemente el hombro. Aún
soñoliento, abrí la boca para decir algo, pero noté unos cálidos
dedos que se apoyaban sobre mis labios y escuché vagamente un
suave "shh...". Yo había oído muchas veces que, si te quedas
ciego, el resto de los sentidos se afinan para compensar la
pérdida. Bien, pues mi cuerpo podía ir dándose prisa, porque ni
por el oído, ni por el tacto ni desde luego por el olfato pude
reconocer a mi visitante nocturno. Oí una voz femenina
susurrando algo, palabras de sonido arrastrado y dulce que no
reconocí. Experimenté una enorme sensación de irrealidad, como
si aún estuviera soñando y todo no fuera más que una ilusión
especialmente vívida. De hecho, sospeché que me había vuelto
loco y alucinaba... Así que me dejé llevar, y noté cómo alguien
apartaba las sábanas y desanudaba el batín del hospital. En unos
segundos me quedé totalmente desnudo, temblando ligeramente de
algo que no sabría si describir como excitación o miedo... No
suele pasar cada día que un ángel se presente en tu dormitorio.
Porque estaba seguro de que no era una enfermera. La inesperada
visitante acarició mi pecho suavemente, con la punta de los
dedos, provocando que se me erizara el vello y que un escalofrío
me recorriera de arriba a abajo. Abrí de nuevo la boca, no sé
para decir qué, y fui silenciado esta vez por dos labios
carnosos, que llenaron los míos de besos silenciosos. Unas manos
decididas me agarraron la muñeca derecha, y condujeron la palma
abierta de mi mano hacia el hombro desnudo de la mujer, que
acaricié con temor de que, al tocarla, se desvaneciera como un
sueño o una pompa de jabón. No lo hizo: sentí bajo mi mano el
calor de una carne sólida y rotunda. Sus manos fueron guiando la
mía por su torso, hasta llegar a los pechos que, como descubrí,
tenía también descubiertos. Sostuve uno de ellos en mi palma,
maravillándome de la finura de su piel y del ligero temblor del
pezón, que noté endurecerse con la excitación de su dueña. Como
en respuesta, mi pene, que hasta entonces había asistido a la
función como un espectador incrédulo, se dio cuenta de lo que
ocurría y se fue irguiendo hasta llegar a una dolorosa erección.
Y algo increíble empezó a suceder. Tal vez sólo fueran las ganas
de convencerme a mí mismo, pero podría jurar que a partir de ese
momento todas las sensaciones que recibía se amplificaban por
mil, por diez mil. Cada vez que sus labios se posaban en mi
cuerpo, o que sentía sus dedos acariciándome los muslos vivía
sensaciones de una intensidad que nunca había sospechado que
fuera posible. El olfato, al que nuca le había dado demasiada
importancia, apareció como una nueva fuente de placer, al
permitirme notar el perfume de rosas (o de claveles, o de vete a
saber qué coño de flor) que la envolvía... Me sentía como si por
fin hubiera descubierto en el sexo algo que se me había escapado
hasta entonces: una sensación de maravilla, de magia, que no
había encontrado nunca antes. Me sentía como si por fin hubiera
recuperado la vista después de haber sido ciego de nacimiento.
Así que, con mis sentidos aumentados como estaban,
imagina mi reacción cuando los labios del ángel que se había
dignado a bajar a la tierra se cerraron en torno a mi pene, que
como ya he dicho estaba en posición de firmes... (¿sabías que la
lengua y los genitales son los dos lugares con más densidad de
nervios de todo el cuerpo?). El ángel movía su lengua con un
vigor que nunca hubiera soñado, amasando el glande contra su
paladar al tiempo que succionaba levemente, excitándome tanto
que temí correrme demasiado pronto y acabar con este regalo de
los dioses. De hecho, querría no haberme corrido nunca: si
hubiera podido elegir, aún estaría allí hoy día, follando en esa
cama de hospital donde poco antes acababan de decirme que nunca
recuperaría la vista.
Cuidadosa de no excitarme demasiado (ella también
querría hacer durar esto lo más posible), dejó de
proporcionarme la mejor felación de la historia (recordé, casi
con una sonrisa, el torpe -en comparación- intento de speed
fellatio en el Opel), y por un momento se apartó de mí. Me
aterroricé cuando perdí su contacto: sentí en ese momento como
si hubiera vuelto a convertirme en un montón de carne, en nada,
creí que por fin había despertado del sueño imposible que estaba
viviendo. Manoteé desesperado a mi alrededor, tratando en vano
de incorporarme, y entonces oí de nuevo su voz, susurrante,
cerca de mi oído.
De repente, reconocí esa voz, que ahora seguía
musitando palabras en ese idioma desconocido y dulzón, y supe
quién era y por qué había venido. Y sonreí, pero permanecí
callado para no romper el hechizo. Me permití, eso sí, un breve
retorno a la realidad para preguntarme por la reacción de las
enfermeras en caso de entrar en ese instante en la habitación...
¿Está permitido follar en los hospitales?
- De hecho no. Y menos fuera del horario de
visitas, supongo.
- Pasaré por alto ese comentario.
- Una pregunta... ¿Había traído condones ese
"ángel"?
- También pienso ignorar
ese comentario.
Con un súbito impulso, mi visitante (que no llamaré aún por su
nombre aunque ya resulte obvio), montó a horcajadas encima mío
mientras reía en voz baja. Conteniéndome para no gritar de
placer despertando a medio pabellón, sentí cómo la punta de mi
pene se introducía en su vagina, tan suavemente como si
estuviera hecha a medida. Llevé mis manos a sus caderas,
sosteniéndola con delicadeza, y la penetré lo más profundamente
que pude. Ella reaccionó con un gemido -de nuevo temí que nos
oyesen- y empezó a deslizarse arriba y abajo, rítmicamente,
sobre mi pene. La presión en mi interior aumentó hasta casi
hacerme estallar, y supe que en cualquier momento iba a
correrme. Aproveché los últimos instantes para acariciar con
fuerza sus pechos pequeños y respingones, llenos de vida. Así,
aferrado a sus pezones, llegué al orgasmo más intenso y violento
que jamás he vivido, eyaculando con furia en su interior
mientras por un momento, sólo por un momento, abrí los ojos de
par en par y pude ver perfectamente la feúcha cara de mi amiga
Beatriz, mirándome con un amor y una pasión que jamás habría
sabido interpretar antes de quedarme ciego.
He oído a veces llamar al sexo "la pequeña muerte".
No me hubiera importado nada morirme del todo: acababa de entrar
en el Paraíso.
IV – TIERRA
-Hmm, ¿entonces has encontrado una cura para la
ceguera?
- Sí, ya me imagino a los oculistas recetando
felaciones y polvos. No, como te he dicho, fue sólo un momento,
y seguramente fruto de mi imaginación. Pero... En fin, te
parecerá una tontería, pero a partir de esa visión, de ese
orgasmo, creo que pude quitarle algo de importancia a mi
pérdida. Aún mataría por recuperar la vista, pero... No puedo
evitar pensar que sin el accidente nunca habría ocurrido lo de
esa noche en el hospital, y nunca...
- ¿Qué se hizo de la modelo portuguesa?
- Sabes bien que no lo sé. Ni una llamada, ni una
carta. Y como comprenderás, nunca la he visto por la calle, así
que...
- ¿No habías prometido que me ibas a contar un
cuento de verdad? ¿Quién se creería una historia como esa? ¿Una
mujer "feúcha", como la has descrito tan galantemente, que de
repente decide entrar en un hospital por la noche para tirarse a
un amigo ciego?
- Bueno, deberías creértelo, ¿no? Estabas allí. En
el primer polvo, y en el segundo, y cuando la enfermera entró
por fin en pleno cunnilingus y se armó la de Dios... ¡Ay,
Beatriz, si algún día me explicaras cómo demonios se te ocurrió!
- ¡Ja! Imagínatelo tú mismo, alelado... ¿Te das
cuenta de que en toda la historia no has hecho nada, ni en el
coche ni en el hospital, sino que te has quedado viéndolas
venir? ¿Crees que es humana tanta potra?
-Vete a saber, igual es un poder mutaanteee...
-¿Eso es todo? ¿Esperas que me duerma con un cuento
tan corto?
-Oye, ¿no crees que con tus años deberías probar
otros métodos para dormir? Qué se yo, contar ovejas o...
-¡Vuélveme a explicar el cuento, Andrés! Cuéntamelo
ahora como Dios manda...
-Mejor pensado... ¿Y si lo representamos? Siempre me
ha gustado el teatro, ¿sabes? |