Dantesco

 

Este cuento logró un accésit en el Concurso de Cuento Erótico de la UPC de hace unos cinco o seis años. La historia siempre me pone de buen humor, y una versión "oralizada" de la misma ha pasado a formar parte más o menos fija de mi sesión de cuentacuentos "Entre Morfeo y Afrodita".

 

            I - INFIERNO

            - Mira, niña, te voy a contar otra vez ese cuento tan bonito y que además ocurrió de verdad, pero tienes que prometerme que después te dormirás, ¿vale?

            - ¿Y si no te lo prometo, eh?

            - Bueno, entonces te mataré con mis propias manos.

            - ...

- Allá va, entonces:

             Recuerdo nítidamente el momento del accidente, como si acabara de ocurrir ahora mismo. Y no por las consecuencias que trajo consigo, ni por la violencia del choque, ni siquiera por la horrible sensación de sentir cómo atravesaba el parabrisas. Lo recuerdo por el  pensamiento, intenso y fugaz, que pasó por mi cabeza cuando creí que iba a morir: "¡Mierda, ahora no!". Y es que en el momento del impacto me la estaba chupando una modelo portuguesa.

            Sí, bien, lo reconozco, la culpa del accidente fue mía. Era yo el que estaba bebido, y fui yo el que dijo "sí", pero la brillante idea de combinar velocidad y sexo oral salió de los labios de la pobre Laura. Aún no sé qué mosca le picó. Volvíamos de una fiesta, y se la veía algo borracha, vale, pero aún así... La verdad es que no nos conocíamos demasiado, a pesar de llevar algunas semanas saliendo por bares y yendo a fiestas, y la tenía por una mujer simpática pero paradita y algo ingenua. Así que me quedé de piedra cuando, en plena carretera,  oí a la ingenua Laura diciendo con una sonrisa maliciosa y un deje alcohólico en la voz: "Se te ve muy concentrado, Andrés... ¿A que nunca te la han chupado mientras conduces, eh? Tanto aire de hombre de mundo y de estar de vuelta de todo... ¿Pero a que te gustaría?" En aquel momento estalló una trifulca en mi cabeza. Incredulidad, Sorpresa y Alegría empezaron a gritar, mientras Lujuria y  Prudencia se batían en duelo. Puedes imaginarte quién ganó. Balbuceé: "Sí... Quiero decir, que no, que nunca me... Vamos, que si quieres...". La verdad es que mientras tartamudeaba tonterías, iba sintiendo como mi polla se erguía poco a poco, como si no acabara de creérselo. Laura ignoró completamente lo que estaba diciendo y se dedicó con habilidad a bajarme muy despacio la bragueta de los tejanos. Sonriendo, metió una mano en mi entrepierna y acarició ligeramente la tienda de campaña que se iba formando bajo los calzoncillos. Sin apartar la vista de la carretera, noté cómo unas manos sorprendentemente seguras dejaban al descubierto mi polla palpit...

             - ¿Oye, estás seguro de que deberías usar este lenguaje?

            - Bueno, ya eres mayorcita, ¿no? Además, ya he contado esta historia cien veces y nuca te he oído quejarte. Así que si me dejas continuar...

             Como decía, unas manos sorprendentemente seguras dejaron al descubierto mi pene y empezaron a acariciarlo suavemente, aguantándolo por la base. Laura se inclinó hacia el asiento del conductor y lamió con delicadeza el contorno del glande, haciéndome aparecer una sonrisa boba en la cara. Ahora debería decir que se la metí hasta la garganta con lujuria, o que con su hábil lengua me llevó hasta el orgasmo, pero... En realidad bajé la mirada y, divertido, empecé a hacer un chiste fácil sobre Clinton y “relaciones impropias". Y embestí a un Seat Ibiza.

 

            II - PURGATORIO

            Laura salió casi indemne, si no contamos un par de contusiones y magulladuras en los brazos. Llevaba cinturón. Yo no. Estuve varios días inconsciente, según me explicaron después. Aparte de cortes y hematomas superficiales, había recibido un fuerte golpe en la columna -que me forzó a estar prácticamente inmóvil algunos meses- y una fea herida en la oreja izquierda. Además, al atravesar el parabrisas y romperlo en pedazos, algunos fragmentos de cristal se me clavaron en los ojos. Durante unas semanas después de despertar permanecí con una venda sobre ellos, mientras escuchaba explicar pacientemente a doctores y enfermeras que quizá en unos días podrían sacarla y comprobar mi estado. Cuando por fin lo hicieron, el veredicto fue inapelable y unánime. Jamás recuperaría la vista.

            Cuando me dieron la noticia, aún no había recuperado la movilidad de las piernas y estaba tumbado en una cama del hospital. Ciego, medio sordo, casi inmóvil... Me eché a llorar, sin preocuparme de que me vieran. Me sentía como un pedazo de materia inerte, inútil, como una de esos bichos marinos ciegos que sólo son una boca y un tubo de carne, ¿cómo se llaman, anguilas o...

             - Lampreas. Debió ser muy duro, supongo...

            - No puedes ni imaginártelo. Sin discusión, fue el peor momento de mi vida. Pensé en todas las cosas que no podría volver a hacer: leer, ir al cine, contemplar un cuadro, ver la tele... Pensé que nunca podría volver a mirar a una mujer y admirar lo guapa que era, que nunca... Pero no interrumpas más, joder...

             Cuando el doctor se fue, me quedé solo en la habitación. A Laura le habían dado el alta hacía días, y para mi sorpresa no había venido a verme ni una sola vez desde entonces. En aquel momento no la culpé. Los pocos amigos que me visitaron estaban cohibidos y bastante incómodos. Simón, Borja, la pendona de Juana, Javier... La única que mostró algo de desparpajo fue Beatriz, una amiga gallega algo feúcha con la que había llegado a salir un par de veces, pero sin que la cosa llegara a mayores. A todos les expliqué lo mismo: mi sensación de inutilidad, mi falta de esperanza en el futuro, la incapacidad de encontrar algo por lo que valiera la pena vivir... Como ayuda me dieron palmaditas en la espalda. Entonces decidí acabar con todo.

  

            III - PARAÍSO

            Pero aún podía ocurrir un milagro. Y ocurrió. No con mis ojos, por supuesto, que estaban más muertos que la momia de Lenin, sino... Una noche desperté de repente, o, mejor dicho, me despertó una mano al tocarme suavemente el hombro. Aún soñoliento, abrí la boca para decir algo, pero noté unos cálidos dedos que se apoyaban sobre mis labios y escuché vagamente un suave "shh...". Yo había oído muchas veces que, si te quedas ciego, el resto de los sentidos se afinan para compensar la pérdida. Bien, pues mi cuerpo podía ir dándose prisa, porque ni por el oído, ni por el tacto ni desde luego por el olfato pude reconocer a mi visitante nocturno. Oí una voz femenina susurrando algo, palabras de sonido arrastrado y dulce que no reconocí. Experimenté una enorme sensación de irrealidad, como si aún estuviera soñando y todo no fuera más que una ilusión especialmente vívida. De hecho, sospeché que me había vuelto loco y alucinaba... Así que me dejé llevar, y noté cómo alguien apartaba las sábanas y desanudaba el batín del hospital. En unos segundos me quedé totalmente desnudo, temblando ligeramente de algo que no sabría si describir como excitación o miedo... No suele pasar cada día que un ángel se presente en tu dormitorio. Porque estaba seguro de que no era una enfermera. La inesperada visitante acarició mi pecho suavemente, con la punta de los dedos, provocando que se me erizara el vello y que un escalofrío me recorriera de arriba a abajo. Abrí de nuevo la boca, no sé para decir qué, y fui silenciado esta vez por dos labios carnosos, que llenaron los míos de besos silenciosos. Unas manos decididas me agarraron la muñeca derecha, y condujeron la palma abierta de mi mano hacia el hombro desnudo de la mujer, que acaricié con temor de que, al tocarla, se desvaneciera como un sueño o una pompa de jabón. No lo hizo: sentí bajo mi mano el calor de una carne sólida y rotunda. Sus manos fueron guiando la mía por su torso, hasta llegar a los pechos que, como descubrí, tenía también descubiertos. Sostuve uno de ellos en mi palma, maravillándome de la finura de su piel y del ligero temblor del pezón, que noté endurecerse con la excitación de su dueña. Como en respuesta, mi pene, que hasta entonces había asistido a la función como un espectador incrédulo, se dio cuenta de lo que ocurría y se fue irguiendo hasta llegar a una dolorosa erección. Y algo increíble empezó a suceder. Tal vez sólo fueran las ganas de convencerme a mí mismo, pero podría jurar que a partir de ese momento todas las sensaciones que recibía se amplificaban por mil, por diez mil. Cada vez que sus labios se posaban en mi cuerpo, o que sentía sus dedos acariciándome los muslos vivía sensaciones de una intensidad que nunca había sospechado que fuera posible. El olfato, al que nuca le había dado demasiada importancia, apareció como una nueva fuente de placer, al permitirme notar el perfume de rosas (o de claveles, o de vete a saber qué coño de flor) que la envolvía... Me sentía como si por fin hubiera descubierto en el sexo algo que se me había escapado hasta entonces: una sensación de maravilla, de magia, que no había encontrado nunca antes. Me sentía como si por fin hubiera recuperado la vista después de haber sido ciego de nacimiento.

            Así que, con mis sentidos aumentados como estaban, imagina mi reacción cuando los labios del ángel que se había dignado a bajar a la tierra se cerraron en torno a mi pene, que como ya he dicho estaba en posición de firmes... (¿sabías que la lengua y los genitales son los dos lugares con más densidad de nervios de todo el cuerpo?). El ángel movía su lengua con un vigor que nunca hubiera soñado, amasando el glande contra su paladar al tiempo que succionaba levemente, excitándome tanto que temí correrme demasiado pronto y acabar con este regalo de los dioses. De hecho, querría no haberme corrido nunca: si hubiera podido elegir, aún estaría allí hoy día, follando en esa cama de hospital donde poco antes acababan de decirme que nunca recuperaría la vista.

            Cuidadosa de no excitarme demasiado (ella también querría hacer durar esto lo más posible),  dejó de proporcionarme la mejor felación de la historia (recordé, casi con una sonrisa, el torpe -en comparación- intento de speed fellatio en el Opel), y por un momento se apartó de mí. Me aterroricé cuando perdí su contacto: sentí en ese momento como si hubiera vuelto a convertirme en un montón de carne, en nada, creí que por fin había despertado del sueño imposible que estaba viviendo. Manoteé desesperado a mi alrededor, tratando en vano de incorporarme, y entonces oí de nuevo su voz, susurrante, cerca de mi oído.

            De repente, reconocí esa voz, que ahora seguía musitando palabras en ese idioma desconocido y dulzón, y supe quién era y por qué había venido. Y sonreí, pero permanecí callado para no romper el hechizo. Me permití, eso sí,  un breve retorno a la realidad para preguntarme por la reacción de las enfermeras en caso de entrar en ese instante en la habitación... ¿Está permitido follar en los hospitales?

             - De hecho no. Y menos fuera del horario de visitas, supongo.

            - Pasaré por alto ese comentario.

            - Una pregunta... ¿Había traído condones ese "ángel"?

            - También pienso ignorar ese comentario.

             Con un súbito impulso, mi visitante (que no llamaré aún por su nombre aunque ya resulte obvio), montó a horcajadas encima mío mientras reía en voz baja. Conteniéndome para no gritar de placer despertando a medio pabellón, sentí cómo la punta de mi pene se introducía en su vagina, tan suavemente como si estuviera hecha a medida. Llevé mis manos a sus caderas, sosteniéndola con delicadeza, y la penetré lo más profundamente que pude. Ella reaccionó con un gemido -de nuevo temí que nos oyesen- y empezó a deslizarse arriba y abajo, rítmicamente, sobre mi pene. La presión en mi interior aumentó hasta casi hacerme estallar, y supe que en cualquier momento iba a correrme. Aproveché los últimos instantes para acariciar con fuerza sus pechos pequeños y respingones, llenos de vida. Así, aferrado a sus pezones, llegué al orgasmo más intenso y violento que jamás he vivido, eyaculando con furia en su interior mientras por un momento, sólo por un momento, abrí los ojos de par en par y pude ver perfectamente la feúcha cara de mi amiga Beatriz, mirándome con un amor y una pasión que jamás habría sabido interpretar antes de quedarme ciego.

            He oído a veces llamar al sexo "la pequeña muerte". No me hubiera importado nada morirme del todo: acababa de entrar en el Paraíso.

 

IV – TIERRA

            -Hmm, ¿entonces has encontrado una cura para la ceguera?

            - Sí, ya me imagino a los oculistas recetando felaciones y polvos. No, como te he dicho, fue sólo un momento, y seguramente fruto de mi imaginación. Pero... En fin, te parecerá una tontería, pero a partir de esa visión, de ese orgasmo, creo que pude quitarle algo de importancia a mi pérdida. Aún mataría por recuperar la vista, pero... No puedo evitar pensar que sin el accidente nunca habría ocurrido lo de esa noche en el hospital, y nunca...

            - ¿Qué se hizo de la modelo portuguesa?

            - Sabes bien que no lo sé. Ni una llamada, ni una carta. Y como comprenderás, nunca la he visto por la calle, así que...

            - ¿No habías prometido que me ibas a contar un cuento de verdad? ¿Quién se creería una historia como esa? ¿Una mujer "feúcha", como la has descrito tan galantemente, que de repente decide entrar en un hospital por la noche para tirarse a un amigo ciego?

            - Bueno, deberías creértelo, ¿no? Estabas allí. En el primer polvo, y en el segundo, y cuando la enfermera entró por fin en pleno cunnilingus y se armó la de Dios... ¡Ay, Beatriz, si algún día me explicaras cómo demonios se te ocurrió!

            - ¡Ja! Imagínatelo tú mismo, alelado... ¿Te das cuenta de que en toda la historia no has hecho nada, ni en el coche ni en el hospital, sino que te has quedado  viéndolas venir? ¿Crees que es humana tanta potra?

            -Vete a saber, igual es un poder mutaanteee...

            -¿Eso es todo? ¿Esperas que me duerma con un cuento tan corto?

            -Oye, ¿no crees que con tus años deberías probar otros métodos para dormir? Qué se yo, contar ovejas o...

            -¡Vuélveme a explicar el cuento, Andrés! Cuéntamelo ahora como Dios manda...

            -Mejor pensado... ¿Y si lo representamos? Siempre me ha gustado el teatro, ¿sabes?

 

Para la primera y la última...

 

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