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En el mundillo de la
cultura y el ocio, se hace difícil imaginar un campo que Arnau no
domine en profundidad (el muy cabrito). Literatura, música,
cine, pintura, escultura... No hay examen de
Historia del Arte, sala de museo ni ronda del Trivial Pursuit que se
le resista. Así que me alegré sobremanera cuando logré convencerle
para que escribiese en esta web una sección musical: no me cabía
duda de que compartiría con los lectores de la página grupos
variados y de calidad.
Señoras, señores: ahora oirán el canto del cisne.
PAINKILLER - Judas Priest

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“El hombre que no tiene
música en su interior,
aquél a
quien la meditación no le sugiere dulces
melodías,
no sirve más que para traidor, ladrón y maleante;
la voz de su interior es lóbrega como la noche,
su ilusión es árida como el Erebo.
No confies en nadie semejante”
Shakespeare
El
heavy metal ha tenido siempre mala prensa, es un hecho. La
gente cool NO escucha heavy metal. El origen de
este trato, injusto en la mayoría de ocasiones, se debe más que
nada a prejuicios y una total ignorancia sobre el tema.
Fijémonos por ejemplo en sus orígenes, la primera vez que se
utilizó este término fue para referirse nada menos que a Led
Zeppelin (a ver quien repite su serie ininterrumpida de obras
maestras, desde el “I” hasta el “Physical Graffity”) de cuya
música comentó un periodista que le sugería metal pesado cayendo
desde el cielo (curiosa imagen). Los estandartes de los primeros
años del heavy serían un tridente mágico e irrepetible:
los mismos Zeppelin, Deep Purple y Black
Sabbath, grupos imperecederos que se seguirán escuchando
siempre, sea cual sea la moda de turno.
Pero
situémonos ahora a principios de los noventa. Después de una
década dominada por la música disco y el pop-metal (a los
que muchos grupos caen), es indudable que corren malos tiempos
para el heavy metal. Como reacción a este agobiante panorama,
empiezan a nacer como setas nuevas bandas con un look y unas
canciones sucias y crudas: es el momento de grupos hard-rock
como Guns N’Roses, Tesla o Great White.
Estos grupos tendrán sus años de gloria pero su ciclo también
acabaría cuando a finales de los 90s aparece el taladrante Nu
Metal por gentileza de Limp Bizkit, Korn y una interminable
lista de soporíferos clones.
Como se
puede suponer de lo que sucedía a su alrededor, la mayoría de
grupos de heavy clásico parecen desorientados. Iron
Maiden, por ejemplo, empieza su naufragio particular con el
indigno “No prayer for the dying”. En esos momentos (1990)
Judas Priest, que lleva en escena desde los 70, saca su
nuevo disco, con unos seguidores tan temerosos por los rumores
de separación como decepcionados por el disco precedente, “Ram
It Down”.
Pero
como salido de la nada, “Painkiller” dejó a todo el mundo
descolocado. Este disco es una descarga impresionante en cada
una de sus diez canciones, Glenn Tipton y KK Downing apabullan
con un trabajo de guitarras completísimo y un despliegue
inacabable de riffs, harmónicos y tappings. No podía faltar Rob
Halford, el MEJOR cantante que ha dado el heavy sin ninguna
duda, un mago de la voz que era capaz de hacer con ella lo que
le viniera en gana. El disco oscila entre la energía pura del
“Painkiller” incial, la épica “Touch of Evil” o la inolvidable
“Between the Hammer & The Anvil”. Un pero, sólo un pero:
unas letras horrorosas, infames, indescriptibles.
Botón de
muestra: “Faster than a bullet / terrifying scream / enraged and
full of anger / He’s half man and half machine” permanecerá, a
nuestro pesar, en nuestra memoria para siempre.
Con
este disco entonarían los Judas Priest su canto de cisne
particular, Halford deja la banda poco después e inicia a
tientas su carrera en solitario. Curiosamente, en un mundo tan
teóricamente machista (éste es otro de sus prejuicios) como el
heavy, la noticia de su homosexualidad no ha frustrado su
carrera en absoluto y ahora tiene un éxito rotundo con “Halford”
(nombre simple y diáfano que, en un alarde de imaginación, puso
a su nuevo grupo). Las dos tentativas anteriores, con “Fight” y
“Two”, entran, sinceramente, en la categoría de broma.
El resto del grupo, por su parte,
se dedicó a buscar un nuevo cantante como el que busca a una
pareja a la que nunca quiso dejar: igualita, igualita que la
otra. Así, Tim “Ripper” Owens (cuya experiencia
inspiraría la peli “Rock Star”) ocupa su vacío con una buena voz
pero sin un ápice de su carisma. Los Judas Priest inician esta
nueva etapa con el enigmático “Jugulator”, sobre el que nadie se
pone de acuerdo si es un golpe de genio o una auténtica basura.
Ya dicen que es mejor permanecer callado y parecer imbécil que
hablar y salir de dudas, pero no se lo aplicaron y grabaron un
nuevo disco (“Demolotion”) con el que, efectivamente, salimos
todos de dudas... sin comentarios.
A raíz de la vuelta de Halford al
sonido heavy, los rumores
sobre la reunificación del grupo se desataron. Dudo que ésta se
produzca, Halford no se arriesgará a dejar una sólida carrera en
solitario (y que en muchas aspectos guarda más del espíritu
inicial del grupo) por la incógnita que representan Judas en
este momento. Vistas las cosas, para la mayoría de sus
seguidores el “Painkiller” (que guardamos al lado de otras
maravillas como “Screaming for Vengeance” o “British
Steel”) fue su último trabajo y representa un brillante
final para una gran grupo. Sólo nos queda desear que lo queda de
él manche su nombre lo menos posible en los años próximos.
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