Shhhht… Callaos un momento… Si os es posible, tratad de acallar los sonidos de la habitación en que estáis ahora mismo. Apagad la música del walkman, cerrad la ventana para amortiguar el estruendo del tráfico, parad por un momento vuestras conversaciones en voz alta. Interiorizad el resto de ruidos sobre los que no tenéis control (el zumbido del aire acondicionado o la nevera, vuestra propia respiración) hasta que no seáis conscientes de ellos. Imaginaos ese silencio susurrante propio de un museo vacío o del interior de una pirámide… En mi racha de “Seré Breves” progresivamente extraños, ha llegado el momento de dedicarle unas líneas al silencio.

     A priori, el silencio (entendido por ahora como simple ausencia de sonidos) no tiene muy buena prensa. Parece que los humanos venimos con una especie de horror vacui sonoro incorporado de serie en nuestra psique… Una tendencia frecuentemente irracional a abarrotar nuestra vida activa de sonidos: música, ruiditos, palabras. Estudiar con música de fondo, dormir con la tele o la radio encendidas, llenar como sea cualquier silencio de las conversaciones. ¿Recordáis el diálogo más famoso de Pulp Fiction? (Bueno, el segundo más famoso después del de los McDonalds de París). El personaje de Uma Thurman coquetea con Travolta en un bar, y dice algo como: “¿No los odias? Esos incómodos silencios… Así sabes que has encontrado a alguien especial: si puedes permanecer callado un puto minuto sin sentirte tenso”. Bien, es cierto. Es difícil encontrar buenos conversadores, pero también lo es hallar gente que sepa callar con estilo, de modo que no te haga sentir obligado a decir cualquier cosa “para entretener” o simplemente para ocupar el silencio. Hay silencios cómodos (hasta diría que aterciopelados si no temiera pecar de cursi), silencios en que los contertulios simplemente dedican unos momentos a pensar por su cuenta en algo, o a mirarse, o a descansar la mente y la garganta. Y por si no os basta al respecto la autoridad de Tarantino, otros han manifestado opiniones parecidas: Erasmo de Rotterdam ya lo dijo hace siglos: “La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno”. O Georges Clemenceau, que reconocía la dificultad de callar en el momento apropiado: “Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra”. O aún otro testimonio, de William Hazlitt: “El silencio es el gran arte de la conversación”. Y del discurso, podría añadir: cualquier buen orador debe aprender a manejar con maestría las pausas y silencios…

El silencio puede ser un arma poderosa. A veces callar puede ser más beneficioso o dañino (para el que calla o para otros) que hablar. Al fin y al cabo, los secretos se mantienen permaneciendo en silencio. O pensemos en el poder de la omertà, el silencio impuesto por la Mafia… O el silencio de un cura que recibe un horrible secreto de confesión y se ve obligado a sellar los labios… O el secreto profesional que deben guardar médicos, abogados, detectives… O por poner un ejemplo cercano: hace ya tiempo le pregunté a una mujer con la que salí algunas veces (y de la que estaba enamorado) tras horas de discusión y circunloquios: “pero, a ver, ¿realmente me quieres o no?”. Me contestó con el silencio… Y fue tan elocuente como si hubiera usado mil palabras. Mientras resonaba en mi cabeza el eco de ese silencio, me acordé de una frase que más tarde busqué y encontré atribuida a Miles Davis: “El silencio es el ruido más fuerte”.

   Por mucho que existan silencios cómodos, lo habitual en el ser humano es huir del silencio. Muchas veces el silencio implica soledad: por eso muchos solitarios a la fuerza tienen siempre encendidos el televisor o la radio… Mantienen así un cierto contacto humano, o al menos una ilusión del mismo. El silencio indica ausencia. Cuando un colegio se vacía (o un parque de atracciones cierra, o vemos un mercado por la noche) somos testigos de cómo el silencio, brotando de todas partes y de ninguna, se convierte en el rey y amo del lugar. Nos es extraño (según cómo, hasta terrorífico) ver ambientes normalmente bulliciosos convertidos en un erial vacío y callado. Y el silencio también implica muerte. Como comenta Javier Marías en Tu rostro mañana, hablar, comunicarse, es lo que nos hace a todos más humanos, más vivos. Sólo los muertos callan siempre. Y qué duro es, tras la muerte de alguien amado, ver los lugares que antes asociabas a sus sonidos reducidos a un silencio total.

Visto así, es normal ese miedo humano al silencio, ¿n’est ce pas?

    Sin embargo, aparentemente hay un fallo en esta teoría del horror natural del ser humano hacia el silencio. Imaginemos un urbanita hastiado del estruendo de las grandes ciudades (tráfico, ruidos de obras, disparos si vive en un barrio tipo Bronx), que consigue retirarse al campo durante unos días. ¿Cuál es su primera reacción cuando llega a la cima de la montaña, o al centro del bosque, o al inicio de la vasta llanura? Respirar hondo el aire puro, poner los brazos en cruz como si se estuviera desperezando y susurrar: “Dios mío, qué silencio…” con aire de enorme alivio y satisfacción. ¿Ama ese ser humano de veras el silencio, de forma totalmente natural?

Bueno, pues no. En realidad el campo no está en silencio, nunca lo está. El viento silba levemente, o se oyen ruidos dispersos de animales (sean grillos, colibríes o hienas, para el caso), o las hojas de los árboles susurran al rozarse unas con otras, o se adivina una corriente de agua cercana… Lo que adora el urbanita es esa aparente ausencia de ruidos que en realidad enmascara sonidos relajantes, generalmente poco estridentes (a no ser que haya un mandril furioso en las cercanías). Si el silencio fuera total, el campo sería un lugar insoportable, un desierto inerte de otro mundo. La vida produce sonidos… Un bosque totalmente silencioso debe ser uno de los lugares más desagradables que se me ocurren.

   Leí una vez que un humano que permanezca demasiado tiempo en una cámara totalmente anecoica (es decir, que absorba todos los sonidos) corre riesgo de perder la razón. A no ser que sea sordo, claro, en cuyo caso digo yo que ya estará acostumbrado… Hmm… Muchas veces me he preguntado si sabría adaptarme al mundo siendo sordo, si tendría la tenacidad y habilidad necesarias para aprender a vivir normalmente en un mundo pensado para oyentes. Conocí a un sordo hace tiempo, un amigo de mis padres que sabía leer los labios y hablaba con esa curiosa voz de aquellos que no se oyen a sí mismos. Todo un reto. Y como dice el inimitable Grissom en un gran capítulo de CSI, tras quitarse unos tapones de insonorización que se había puesto en los oídos: “no me preguntaba lo que significa ser sordo, sino lo que significa oír”.

Hay mil historias relacionadas con el silencio (según la ciertísima paradoja de George B. Shaw, “La disciplina del silencio es tan interesante que podría pasarme horas hablando sobre ella”), pero sólo voy a explicar un par de ellas para no acabar siendo enfadoso. Imposible no mencionar la historia de Wu Ding (1324-1266 a.n.e.), emperador chino que, haciendo gala de un notable autocontrol, permaneció en riguroso silencio los tres años posteriores a su subida al trono. Durante ese tiempo de altivo gobierno silente en que la única actividad del “hijo del cielo” fue permanecer hierático y mudo en su sitial, el gobierno quedó en manos de una cohorte de chambelanes, ministros y hombres de confianza… Las puñaladas por el acceso al poder se sucedieron: conspiraciones, peleas y traiciones estaban a la orden del día. Poco a poco, un grupo de subalternos del emperador acabó con toda oposición, formando un equipo de gobierno más o menos estable. Y ese fue el momento elegido por Wu Ding para recuperar el habla y asumir al fin sus responsabilidades, una vez ya estaba rodeado de un equipo de consejeros en los que podía confiar… Eliminados ya por pura selección natural aquellos elementos más traidores y/o pusilánimes. Interesante lección la de Wu Ding: a veces es útil mantener el silencio hasta que la correlación de fuerzas te sea favorable.

(O a veces es importante mantenerse callado en según qué momentos por otro motivo: como dijo el gran Groucho Marx, “mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente”).

    Y no nos movemos de tierras orientales para explicar otras dos jugosas historias silenciosas: una en China y otra en Japón. Le cederé la palabra a David Le Breton, en su libro El silencio: “En la China de los años treinta, la búsqueda de Kazantzaki le lleva a un templo de Pekín, donde asiste a un concierto silencioso. Los músicos ocupan su lugar, ajustan sus instrumentos. «El viejo maestro inicia el gesto de golpear sus manos, pero sus palmas se detienen justo antes de tocarse. Es la señal que abre este sorprendente concierto mudo. Los violinistas levantan sus arcos y los flautistas ajustan los instrumentos en sus labios, al tiempo que sus dedos se desplazan rápidamente por los agujeros. Silencio absoluto… No se oye nada. Es como si fuese un concierto que tuviese lugar muy lejos [...]»

J.Pezeu-Massabuau hace asimismo referencia a antiguas fiestas japonesas donde se daban, en secreto, conciertos de silencio: «Cada uno escuchaba, y lo que oía en él nadie habría sabido repetirlo»”. Impresionante, ¿verdad? Conciertos en los que no se toca una sola nota… ¿Qué se escucha en ellos? La situación absurda fuerza a escuchar primero los sonidos del entorno, la música del mundo (“la música es constante, sólo la escucha es intermitente”, dice H. D. Thoreau), y, al cabo de un rato, oímos nuestra propia música interior: el sonido del cerebro, el susurro de nuestras neuronas formando pensamientos, el chisporroteo de nuestros recuerdos, melodías interiores y reflexiones tomando forma, guiados por el silencio de los músicos. “Nadie habría sabido repetirlo”, en efecto: la escucha de la nada acaba siendo algo personal e intransferible.

    Dos ejemplos modernos de música silenciosa: el compositor John Cage (jaja, nada que ver con el Bizcochito de Ally McBeal) tiene una famosa pieza llamada 4’33’’, compuesta en 1952 y, según leo: “dividida en tres movimientos, puede ser interpretada por cualquier instrumento o combinación de instrumentos”. Y tanto que puede, ya que la obra consiste en 4’33’’ de silencio absoluto… Igual que el concierto que dirigió el extravagante artista Tres (sí, aparentemente ese es su nombre) el 21 de Junio de 2002 en el Born de Barcelona. La Banda Municipal de la ciudad tocó silenciosamente durante treinta minutos, ante un público entregado que acabó pidiendo un bis… Le podéis ver en la foto superior.

Y me despido por ahora con un extracto del libro Las catilinarias, de mi adorada Amélie Nothomb, en el que veremos un ejemplo de lo que hablábamos antes sobre silencios agradables y desagradables. Y aún añado un último ejemplo de silencio agradable: el que se instaurará cuando acabe al fin el rollo que os estoy contando. ¡Nos leemos en el próximo Seré Breve!

“Al principio entré confiado en el silencio del señor Bernardin. Parecía fácil. Bastaba con no mover los labios, con no buscar la frase adecuada. Por desgracia, no todos los mutismos se parecen: el de Juliette era un universo acolchado, rico en promesas y poblado de animales mitológicos; en cambio el de Bernardin crispaba desde el vestíbulo y reducía al ser humano a materia indigente. Intenté resistir al máximo como un buceador que intenta prolongar una apnea. Dado su silencio, la presencia de nuestro vecino se convertía en algo terrible. Se me humedecían las manos y la lengua se me secaba”.


Hablábamos en el anterior “Seré Breve” de universos paralelos y mundos duplicados, y de tanto en tanto apareció la palabra “cuántico” en el texto. Con esta palabra viene a pasar un poco lo que ocurrió en los años cincuenta con “atómico”: es el término comodín para referirse a “algo de la ciencia muy complicado”. Sin embargo, debo decir en mi defensa que en este caso sí que tenía que ver la palabra “cuántico” con lo que hablábamos… Ahora me explicaré, pero antes, un aviso: este “Seré Breve” será probablemente lo más paranoico y extraño que he escrito en años! Vamos allá...

¡Miauuu! Tengo muchos buenos recuerdos de mi recientemente fallecida gata negra, Bruja. A pesar de ello, su talante tirando a psicopático y sus afiladas uñas me hicieron desear alguna vez haberla utilizado para realizar en vivo el experimento más famoso de Schrödinger, el que tenéis representado en el dibujo de abajo. Imaginad un gato encerrado en una caja junto a una ampolla cerrada de gas venenoso y una muestra de materia radiactiva. Si se produce una desintegración radiactiva en la muestra (evento totalmente impredecible con un 50% de probabilidades de ocurrir), un dispositivo lo detectará y abrirá la ampolla de gas, matando al gato. Transcurrido un tiempo, no tenemos manera de saber si el gato está vivo o muerto sin abrir la caja.


Ahora bien (y aquí viene lo bueno), la física cuántica nos dice que el gato no estará ni vivo ni muerto hasta que abramos la caja y le observemos; mientras tanto, está en un estado que es realmente diferente a “vivo” y realmente diferente a “muerto”. A veces se dice que está vivo y muerto a la vez. Quizás sea más correcto decir que la función de onda del gato es la superposición de dos estados distintos: en uno de estos estados se ha producido una desintegración y el gato está muerto, y en el otro estado no se producido ninguna desintegración y el gato está vivo. Al abrir la caja, la probabilidad de encontrar al gato vivo es del 50%. Una vez que se ha observado el gato, entonces está o bien definitivamente vivo o bien definitivamente muerto; toda la rareza ha desaparecido de repente. El observador actúa sobre el sistema al medirlo u observarlo (principio de incertidumbre), en este caso al abrir la caja.

Obviamente sería absurdo intentar hacer este experimento con un gato de verdad, pero el caso es que ya se ha realizado con átomos, que han resultado “girar hacia la derecha y hacia la izquierda a la vez” hasta que su spin ha sido definitivamente medido. Aún mejor, en junio del 2000 un tal Friedman consiguió mediante efectos cuánticos que por un cable circulase corriente en ambos sentidos a la vez, (hecho normalmente imposible), hasta que dicha corriente fue medida, momento en que “eligió” un sentido de corriente, aparentemente al azar. (Aquí tenéis un enlace al respecto, si os interesa). Vamos, que lo del gato de Schrödinger no es un efecto puramente teórico: se da en la naturaleza aunque nos sea difícil de comprender.

Sé que no es lo mismo, pero permitidme que haga un salto mortal genuinamente Fisher-Price… Le envías una carta a tu novia pidiéndole que se case contigo, y recibes a los dos días un sobre cerrado con su respuesta dentro. Lo tienes en las manos. Pues en ese instante, hasta el momento en que abres el sobre y miras en su interior, la respuesta es “no” y “sí” a la vez, y por un momento existen simultáneamente dos universos diferentes: uno en el que estás casado con hijos e hipoteca y mueres de infarto a los cuarenta y otro en el que (por ejemplo) vives soltero en Hawaii hasta los ochenta años. Tu función de onda está en superposición de dos estados distintos a la vez: no es hasta que lees la respuesta que se colapsa en una u otra dirección. A cada segundo ocurren un número inimaginablemente grande de estos pequeños desdoblamientos en el Universo… Et voilà, ya tenemos ahí el Multiverso.



Hmm, sé que a muchos no os convencerá esta explicación pseudocientífica sobre mundos paralelos… No os preocupéis, tengo otra igualmente increíble. Y basada también en resultados científicos: un estudio cosmológico realizado hace unos pocos años en Princeton por unos tales Steinhard y Turok (este parece un nombre vulcaniano). Presentan una teoría curiosa que vendría a complementar la del Big Bang… Postulan que el origen de nuestro universo es “un choque periódico de dos membranas en un universo cuatridimensional eterno e infinito”. No, yo tampoco sé qué carajo es una “membrana cuatridimensional”, pero lo importante aquí es la palabra periódico. Es decir: a pesar de que nuestro universo sea finito y limitado en el tiempo (finalmente se desvanecerá cuando se extingan las estrellas y se desintegre el último protón), cuando vuelva a producirse ese choque periódico de las famosas mebranas cuatridimensionales eternas, se creará un nuevo universo tridimensional similar (aunque no necesariamente idéntico) al anterior. Cálculos de este Turok cifran el periodo de cada uno de esos universos en unos 28 mil millones de años, lo que es más o menos consistente con la edad calculada de nuestro Universo.

¿Qué significa esto, me pregunto? Pues que nacerán y morirán infinitos universos aparte del nuestro. De hecho, ya han existido infinitos universos antes que el nuestro actual y existirán infinitos más después de que el nuestro muera. Cada uno de estos universos puede que tenga leyes físicas diferentes y partículas elementales distintas, algunos universos serán inhóspitos para la vida y en otros los planetas habitados serán mayoría… Imaginad ahora un subconjunto (también infinito) de esos infinitos universos: aquellos que tienen las mismas leyes físicas que el nuestro. Y ahora imaginad otro subconjunto infinito dentro de ése: universos en los que exista un Sistema Solar con un planeta en el que se desarrolle la vida inteligente. Y aún otro subconjunto infinito dentro de ése: universos en los que esa vida inteligente sea la humana, y forme pueblos y civilizaciones. Y aún otro subconjunto infinito dentro de ese: universos en los que vosotros, los que estáis leyendo este texto, llegáis a nacer. Existe (o existirá, o ya ha existido) un número infinito de universos en los que viviréis, tomaréis todas las decisiones posibles, viviréis todas las vidas posibles y moriréis de todas las maneras posibles. Esa es una idea excitante y aterradora al mismo tiempo. Pensadlo detenidamente: existe (físicamente!) un universo en el que os convertís en asesinos a sueldo, otro en el que morís en un asalto atómico, otro en el que llegáis a dirigir Microsoft, otro en el que os convertís en yonkis y morís de sobredosis, otro en el que os casáis con la pareja que siempre habéis deseado, otro en el que acabas pegándote un tiro a los quince años… Como en la canción de El Pirata Cojo de Sabina, serás feliz de todas las maneras posibles, y serás desgraciado de todas las maneras posibles, de las más lógicas hasta las más absurdas.



Visto desde este punto de vista, podríamos pensar que en cierta forma todos vivimos eternamente. Morimos, sí, pero un periodo de tiempo infinito más tarde volvemos a nacer en otro universo creado a partir de otro choque de membranas, de otro Big Bang como el que comentábamos. Así pues, vivimos para siempre. Sólo hay un problema: no somos conscientes de todas esas repeticiones, al menos en este universo. Sin embargo, una vez que sabemos que no sólo nuestra vida se va a repetir infinitas veces sino que también se repetirán para siempre todas sus posibles variantes, podemos pensar que cada uno de los instantes en que vivimos es eterno. LA ETERNIDAD ES AHORA.

Si habéis hecho filosofía (de la normal, no de mi Fisher-Price), igual os suena el concepto de eterno retorno de Nietzsche. Viene a decir algo parecido a lo que comentábamos: Todo se desintegra y se reintegra; eternamente se construye el mismo edificio del ser. Todo se separa, todo se junta de nuevo, eternamente permanece fiel a sí mismo el anillo del ser. Nietzsche piensa en un ahora eternamente repetido en el que se unen el pasado y el futuro como un anillo, como las serpientes de la Historia Interminable que forman el infinito. Y aún una cita más, esta vez del mismísimo Corán: “Igual que comenzamos por vez primera la creación, la repetiremos. (Corán 21,104). En cambio en la Biblia no se andan con zarandajas: allí el Fin del Mundo es a sangre y fuego y o pasas la eternidad en el cielo o fríes pinchitos en el infierno.

En fin, termino ya este “Seré breve” inusualmente poco breve con una reflexión que viene casi obligada: si cada instante es eterno y está destinado a repetirse eternamente, vale la pena aprovecharlo al máximo. Carpe diem, amig@s, que nadie pueda decir que no exprimimos la vida a fondo!


   Estamos a 15 de Febrero. He vuelto hace unas horas de la manifestación contra la guerra en Irak, a pesar de que no creo que haya servido de gran cosa. Mientras desfilaba por las calles en compañía de tanta gente, pensaba que la guerra era inevitable, ya que hemos tenido la desgracia de vivir en una época de transición entre el sistema económico dominado por el petróleo y el que sea que se instaure en unas décadas, cuando las reservas se agoten. Y es una cuasi-constante histórica que las etapas de transición sean turbulentas, incluso violentas, sometidas a los últimos estertores de un antiguo sistema que se resiste a morir y desaparecer. En aquel momento chisporroteó algún cable en mi cabeza, tuve una extraña asociación de ideas… Y comprendí en parte una sensación que lleva tiempo acosándome, la impresión de que una etapa de mi vida se está acabando, de que vivo los últimos estertores de una manera de ser y de pensar que ya toca a su final. Estoy cambiando de vida y de mentalidad, igual que me ocurrió al entrar en la Universidad hace ya años, y no tengo la sensación de estar preparado para ello. Es la misma sensación que se tendría al llegar a lo alto de una montaña rusa y darte cuenta, cuando la vagoneta empieza a caer, de que se te ha olvidado ajustarte el cinturón de seguridad.

Decidí que era el momento de enfrentarme al pasado, de atar antiguos cabos sueltos y pensar en asuntos sin resolver, de hacer las paces conmigo mismo y con las personas importantes de mi vida. Sólo así estaría capacitado para seguir adelante. Y entonces me di cuenta de lo mucho que tengo por cicatrizar, de la gran cantidad de cosas que me arrepiento de haber hecho o de no haber hecho. Las decenas de historias que dejé a medias, sin resolver, como los hilos argumentales que quedan colgando en La Historia Interminable (“y esa es otra historia y será contada en otra ocasión”). Y entendí que lo primero que tenía que hacer era enfrentarme a esos “lo que podría haber sido y no fue”, a esos remordimientos sobre las decisiones ¿erróneas? que tomé en el pasado. No es una tarea fácil.

Viajamos por la vida sin una brújula que nos ayude a tomar las decisiones correctas, sin una guía que nos permita prever las consecuencias futuras de nuestros actos. No creo que os cueste demasiado viajar a algún momento de vuestra vida en el que no hicisteis algo que sabíais que debíais hacer, o en el que algo que esperabais con fuerza nunca llegó a suceder, o en el que alguien que os importaba permaneció callado cuando deseabais con todas vuestras fuerzas que dijera algo que ansiabais oír. Esos son momentos de ruptura, de división, instantes en los que el mundo se desdobla en dos mitades excluyentes. Si esa ruptura es lo suficientemente grande, crea un corte por el que sangraremos el resto de nuestras vidas.

En palabras de Juan José Millás en “Dos mujeres en Praga”: Cuando mi amigo pronunció aquella frase (“si hubiera tenido hijos, el mayor tendría ahora veinticinco años”) pensé que en la vida de las personas era más importante lo que no sucedía que lo que sucedía. Aquel soltero aparente tenía en otra dimensión oculta una familia imaginaria, una familia que llevaba construyendo desde hacía al menos 25 años. Pensé entonces que cada uno de nosotros lleva dentro un “lo que no”, es decir, algo que no ha sucedido y que sin embargo tiene más peso en la vida que “lo que sí” , que lo que ha ocurrido. Da igual lo felices que lleguemos a ser en la vida, los logros que consigamos o la gente a la que conozcamos: si la división fue lo suficientemente profunda corremos el riesgo de no dejar nunca de sangrar por esa herida. Así vivimos los humanos si no nos reconciliamos con el pasado: prisioneros de las consecuencias inexistentes de lo que no nos atrevimos a hacer o de lo que nos arrepentimos de haber hecho. Echadle un vistazo a El orden alfabético, también de Millás, para ver otro dramático ejemplo de esto.

¿Qué ocurre cuando tomamos una decisión? Cuando, por ejemplo, rechazamos una propuesta de matrimonio, ¿a dónde van a parar los años de convivencia con la pareja, los hijos que hubiéramos podido tener, los nietos de nuestra vejez? ¿Existen en algún lugar, en alguna dimensión paralela, en un universo cuánticamente diferente que aquel en el que vivimos ahora? ¿Se crea un mundo en el que respondes “no” y otro en el que respondes “sí”, ambos igual de reales en el fondo aunque tú sólo puedas vivir en uno de ellos? Cuando el borrachísimo protagonista de Estado Crepuscular, gran novela de Javier Negrete, se ve incapaz de “cumplir” con un ligue de discoteca, dice: “en aquel momento de indecisión cuántica, el universo se desdobló, y como siempre, me quedé en el lado en que no debía. (...). Me queda el consuelo de que en algún universo alternativo, otro David Milar hizo lo que tenía que hacer”.

    El tema de los universos paralelos, mundos iguales al nuestro excepto por un punto a partir del cual la historia avanzó de forma diferente, son muy comunes en el mundo de la ciencia ficción. Alguno de los mejores capítulos de Star Trek (la nueva serie) hablan de ello: en Yesterday’s Enterprise una distorsión del espaciotiempo crea una línea temporal alternativa que cambia la utopía antibelicista propia de la serie por un futuro militarizado y en guerra eterna. En Parallels un desconcertado Worf viaja por los infinitos mundos paralelos cuánticos de los que hablábamos antes, y en alguno de ellos se descubre, por ejemplo, casado con una mujer de a bordo que en “su” mundo sólo consideraba una amiga. Muchos libros hablan de cosas así, también: La llegada de los gatos cuánticos, de Frederick Pohl, se toma todo el asunto un poco a guasa, narrando la historia de un científico que salta sin control por dimensiones paralelas y acaba quedándose en aquella en que las cosas le han salido mejor en la vida (la mujer a la que ama, dinero, prestigio). Muchos libros hablan de ucronías: qué hubiera pasado si Alemania hubiese ganado la Segunda Guerra Mundial, o si el imperio romano aún dominase el mundo. Los comics también han hablado de estos temas… Los más enrevesados argumentos de los X-Men de la Marvel bregan con mundos alternativos y realidades paralelas (me viene a la cabeza una divertidísima aunque finalmente desprovechada saga llamada precisamente Dimensiones Alternativas, de Excalibur, en la que el supergrupo viaja por realidades en que, por ejemplo, los ingleses dominan el mundo o las historias sobre marcianos de Rice Burroughs resultaron ser ciertas). El genial guionista Warren Ellis introduce en series archiconocidas en el mundillo como Authority o Planetary el concepto de la Sangría, una membrana que separa entre sí los infinitos mundos paralelos del Multiverso. Y finalmente, Hollywood se ha encargado también de destrozar toda la poesía del asunto de los mundos paralelos con la horrible bazofia “El único”, peli de mamporros con Jet Li en la que un criminal salta por las realidades paralelas matando a sus “dobles” cuánticos con la intención de ser el único por no recuerdo qué zarandaja. Algo mejor (aunque tampoco mucho) es una peli con Gwyneth Paltrow llamada “Dos vidas en un instante”, en la que se explica cómo un pequeño cambio (llegar a tiempo al metro o no) puede modificar toda la vida (enganchar a tu marido poniéndote los cuernos o no). Y una buena peli española con algún punto argumental similar es la romanticona “Lluvia en los zapatos“.

Sea como sea, el hecho de que exista en alguna dimensión cuántica un Universo paralelo en el que yo sea un Premio Nobel de Literatura y tú hayas llegado a ser (...completa la frase con aquello en lo que desearías convertirte…) no deja de ser un consuelo más bien magro en el día a día. Así que por ahora me limitaré a seguir haciendo inventario mental de las cosas sin resolver de mi pasado (y que no pienso comentar aquí), y dejaré para la segunda parte de este “Seré Breve” en dos capítulos un curioso razonamiento con el que pretendo demotrar, al estilo Fisher-Price, que estamos ya todos en el más allá. ¡No os lo perdáis!

Después del metafísico y paranoico “Seré breve” de la quincena pasada, éste que estáis leyendo ahora será aparentemente un poco más mundano: ¿qué hay más cotidiano y simple que la propia gordura o delgadez? Por cierto, si alguien quiere acusarme de ombliguismo ahora tiene una inmejorable oportunidad de hacerlo, ya que el punto de partida del desvarío de hoy será precisamente mi barriga.

Es la panza una víscera curiosa, con una tendencia natural a hincharse que comparte con las esponjas de mar y la cuenta corriente de Bill Gates. Hace tiempo descubrí gracias a una cuidadosa observación experimental que la cerveza y la Coca-Cola contribuyen a inflarla hasta límites insospechados, mientras que una dieta sana y natural… Bien, supongo que la reduce, aunque con la basura que suelo comer no tengo pruebas empíricas de ello. A la barriga se la suele llamar la “curva de la felicidad”, lo que nos puede dar una pista de por donde van los tiros. Si se es feliz, se suele criar barriga. Si se cría barriga, se es feliz.

¿Por qué pues tiene tan mala prensa la humilde grasa tripal, tanto en hombres como en mujeres? ¿Realmente resulta tan inútil y antiestética? Bueno, si hablamos de obesidad mórbida sí, claro. Me vienen a la cabeza el repulsivo y vomitón padre D’Aronique del comic Predicador, el obeso explosivo de “El sentido de la vida” o la madre de “¿A quién ama Gilbert Grape?”, que muere llenando una de las habitaciones de su casa y obliga al protagonista a incendiar la casa para ahorrarse el espectáculo de que saquen el cadáver de su madre con una grúa hidráulica. Pero no quiero hablar de ese tipo de obesidad, no, sino de la curvilla blanda y rebotona que anida confortablemente en muchas cinturas, y de la tantas veces injustamente despreciada carne que convierte angulosos esqueletos en cuerpos firmes y redondeados. Lo confieso: prefiero una matrona saludable a un enfermizo saco de huesos. Kate Winslet y Gillian Anderson antes que Calista Flockhart o Kate “parezco una yonqui” Moss. ¿Por qué la moda obliga a las mujeres a mantenerse esbeltas y delgadísimas cuando muchos preferimos abrazar algo sólido en lugar de tener la sensación de abrazar una bolsa llena de dados? ¿Y por qué todo el mundo se queja de esto y se llena la boca con la concienciación de la anorexia y cosas así, y sin embargo todo sigue igual? Y en lo que a hombres respecta… Las posibilidades estético-prácticas de una sana barriguilla siempre se suelen menospreciar. Y sin embargo, uno de los piropos que más me han gustado en mi vida me lo lanzó una mujer que había estado durmiendo sobre mi pecho y panza: “eres blandito”, susurró. Llamadme raro, pero lo encontré muy tierno.

Lo de “curva de la felicidad” no se dice en vano. A pesar de su mala prensa, los regordetes tienen fama de flemáticos y calmados, bon vivants y fundamentalmente alegres. Hay gordos amargados, sí, pero estoy seguro de que muchos trágicos “héroes románticos bajo la lluvia” hubieran encontrado un cierto reposo y relativización de sus penas en una buena y abundante mesa o en un par de engordantes cervezas. ¿Quién era el tipo alegre y quién el trágico, Don Quijote o el regordete Sancho Panza? ¿Epi o Blas? La grasa se revela como un inesperado suavizante del carácter. Uno de los trucos que usaba mi madre cuando por las mañanas alguno de mis hermanos o yo nos enfadábamos irracionalmente era embutirnos comida garganta abajo: no sé si por un reequilibrio de azúcares o por qué motivo nos solía bajar el enfado inmediatamente.

Y voy acabando ya con una curiosidad: ¿alguna vez una panza ha salvado la vida a su poseedor? Sí, claro. Uno de los caballeros de la Tabla Redonda era sir Pellinore (creo recordar), un tipo dicharachero y alegre que lucía una prominente barriga y luchaba valientemente a la diestra del Rey Arturo. En una cruenta batalla un enemigo atravesó a sir Pellinore con una larga espada bastarda. El tajo fue tan tremendo que hubiera acabado con cualquier hombre, pero las resistentes capas de grasa del caballero amortiguaron el golpe y evitaron que los órganos internos recibieran daño alguno. Así que Pellinore sobrevivió, y elevó una sentida plegaria agradeciendo su supervivencia a Dios, a Arturo y a su propio tejido adiposo…

¡Y me despido hasta el próximo “Seré Breve” con un llamamiento a los regordetes del mundo: no dejéis que nadie os arrebate la felicidad de vuestra “curva de la felicidad”! ¡Agur!


Hoy me siento un poco nostálgico, seguramente porque hace unas pocas horas acabé el último examen de mi vida universitaria. Sí, el examen final de esos últimos créditos que me faltaban para completar el cupo (aparte del proyecto, claro). La última vez que me sentaba en las incómodas sillas de las aulas, la última vez que veía al hijoputilla de profesor de turno repartir las hojas de respuesta, el último “tenéis tres horas para contestar”... En realidad echaré de menos estas sensaciones tanto como otra gente echa de menos un apéndice infectado, pero eso no quita que mientras esperaba, de pie junto al aula de examen, me sintiera invadido por un ánimo vagamente melancólico. Y en esas estaba, atontado como de costumbre y con la mirada fija en el infinito, cuando alguien a mis espaldas gritó: “¡Vamos!”, con exactamente el mismo tono, timbre, velocidad y volumen que uno de mis profesores de natación en la EGB. Tan grande fue la semejanza que durante un segundo me sentí impulsado a lanzarme de un salto a la piscina, instinto que por suerte reprimí. Durante ese brevísimo instante, casi pude oler el agua clorada, oír el ruido de las depuradoras y la charla de mis compañeros, sentir el suelo húmedo y rugoso bajo los pies. (Exagero, pero poco). Me acordé entonces de una película que vi hace poco, Inocencia Interrumpida, en la que una idea preciosa no llega a desarrollarse del todo, tal vez por pereza del guionista. En ella el personaje de Winona Ryder sufre un transtorno psiquiátrico que le hace saltar de un momento a otro de su vida sin transición: un segundo está en una fiesta, charlando animadamente con alguien, y al siguiente está saliendo de una bañera en la que lleva remojándose varias horas. Mezclaba así su pasado con el presente, ambos igual de vívidos y reales para ella.

Así pues, mientras me sentaba trabajosamente en la antiergonómica silla de examen y observaba al profe repartir los enunciados, no pensaba en Gestión de Redes sino en la naturaleza del tiempo. Un tema tan bueno como cualquier otro para una sesión de filosofía Fisher-Price…

No tenemos capacidad para percibir el tiempo. Simplemente reaccionamos frente al momento presente, nos arrastramos sobre la línea del tiempo de segundo en segundo, incapaces de ver más allá. Hay quien dice que en realidad no existe más que el presente: ni hay un futuro predeterminado al que nos vamos acercando poco a poco ni los momentos pasados tienen existencia real excepto en forma de recuerdos almacenados temporalmente en nuestros cerebros. Otros piensan que el tiempo es en realidad simultáneo, que futuro, pasado y presente coexisten a la vez en la eternidad aunque nosotros sólo podamos percibir un presente cambiante. Uno de mis gurús particulares, el guionista de comics y chamán Alan Moore, ha tratado este tema en bastantes ocasiones. El todopoderoso Dr. Manhattan de Watchmen dice algo así como: el tiempo es una intrincada joya de múltiples facetas, aunque los humanos insistan en ver sólo una faceta cada vez. Así pues, los recuerdos pasados y los futuros son igual de reales que el presente en el que estáis leyendo esto. Dice también el Dr., hablando con su exnovia: ¿Cuál es tu recuerdo más lejano? No se ha ido, sigue aún ahí. Cierra los ojos y vuelve a él. Y ella así lo hace, reviviendo un momento de su infancia. Si intento hacer algo parecido y volver a cuando era pequeño (y hablo de “realmente pequeño”), recuerdo imágenes, descargas sensoriales sin demasiado sentido. Ver el mundo desde dentro de la cuna. El olor a plastilina vieja de mi rincón de juguetes. La voz de mi abuelo recitando algún poema. La sensación de intenso aburrimiento y de que el tiempo se había detenido el día que me quedé un par de horas extra en la guardería. Flashes inconexos, momentos, sensaciones. Y se me hace tan difícil creer que todo lo que iba asociado a ellas haya desaparecido para siempre como que el Dr. Manhattan tenga razón y esos instantes aún estén ahí, siempre hayan estado y siempre estarán…

Cuando el Dr. se convierte en un ser todopoderoso, adquiere la facultad de ver más allá del presente, así que puede observar las “facetas de la joya del tiempo” correspondientes a su futuro.

¿Eso significa que todas tus acciones futuras están predeterminadas?, le espeta su ex, ¿el ser más poderoso del universo y no eres más que una marioneta, siguiendo un guión? Y la respuesta del Dr., lapidaria donde las haya, es bastante terrible: todos somos marionetas. Yo simplemente soy una marioneta que puede ver los hilos. Visto así, tal vez sea una suerte nuestra incapacidad humana de ver más allá del presente, más allá de nuestras narices. Aunque nos condene a la vez a no poder revivir el pasado más que en la forma de imperfectos recuerdos en nuestras cabezas, viejas fotos, libros y escritos… Pensadlo por un momento: imaginad que podéis saltar de faceta en faceta de esta joya del tiempo, pasear por su arquitectura. ¿Verdad que se os ocurren momentos que querríais revivir y no simplemente recordar?

La idea de que el tiempo tiene una arquitectura la defiende de nuevo Alan Moore en From Hell, la historia de Jack el Destripador. Allí se comenta que los grandes sucesos tienen su eco en la eternidad, como una columna o un arco que se extiende a través de los siglos. Así, los asesinatos de Jack tienen macabros ecos en forma de estallidos de violencia sesenta años después, luego treinta años después, luego quince años… Un triste arco gótico que contribuye al edificio del tiempo, en el que (de nuevo) coexisten pasado, presente y futuro en una sola entidad más allá del tiempo. Así deben entenderse las lisérgicas alucinaciones de Gull (el destripador), en las que tiene visiones del futuro, del siglo XX que hace nacer con su legado de sangre y muerte…

Dejando de lado las teorías de Alan Moore, y para despedirme por ahora con alguna última paranoia… ¿Os imagináis un mundo sin tiempo? Se supone que el tiempo se creó con el Big Bang, o eso dicen Hawking y compañía. ¿Acabará el tiempo cuando acabe el universo, sea en un Big Crunch o porque se hayan apagado ya al fin todas las estrellas? ¿O una vez creado el tiempo durará ya eternamente, una entidad con principio pero sin final? Absurdos como éstos estaba pensando cuando me di cuenta de que en el examen que acababa de repartir el profesor, las preguntas estaban repetidas respecto a las de años anteriores. Sonreí: eso sí que es un bucle temporal y no los de Star Trek.

Vale, y por ahora os dejo de martirizar hasta el próximo “Seré Breve”, no sin antes leeros un trozo de “Planeta Champú”, un libro de Douglas Coupland (autor de “Generación X”). ¡¡¡¡Hasta pronto!

“Tengo la sensación de que ninguna habitación está nunca silenciosa de verdad; la sensación de que incluso en las habitaciones más silenciosas, más vacías y donde pasan menos cosas, siempre ocurre algo realmente importante. Este acontecer es el propio Tiempo, que espumea, furioso y en ebullición como un río, rugiendo al atravesar esta habitación y todas las habitaciones, el Tiempo que fluye por las camas, sale a borbotones de los minibares, brota de los espejos y, en su avance grandioso, invencible, me lleva con él”.